03 Febrero 2010 Seguir en 
No por anunciada dejó de golpearme la muerte de Tomás, que fuera mi amigo, mi jefe, mi maestro. Desde que nos conocimos, la corriente del entendimiento mutuo no se interrumpió nunca, más allá de las opiniones diferentes que manteníamos sobre aspectos instrumentales de la política nacional.
Y no se interrumpió porque nos valorábamos en lo profundo del ser: argentinos del interior, tucumanos, conocedores de las coordenadas del acontecer y del pensar mundial, y comprometidos a volcar desde la palabra nuestro aporte para servir, desde la limitada condición humana, al ideal de una Argentina civilizada, tolerante, orientada hacia el progreso social y el cumplimiento de su rol en el bien común internacional.
No nos conocíamos físicamente, aunque sí de mentas y de relaciones provincianas, cuando una noche de la feliz época de los años 60 me llamó y me dijo: sé todo sobre vos, venite a Buenos Aires en el primer avión. Dando muestras de una calidad humana excepcional, me esperó, me acompañó a cenar y rápidamente me invitó a incorporarme a "Primera Plana", que por entonces inauguraba en el país una nueva clase de periodismo audaz, exigente, totalmente volcado a reflejarnos y punzarnos para levantar la mira y el propósito.
Al día siguiente me presentó al director, Vittorio Dalle Nogare, figura paternal que recuerdo con enorme afecto, y luego a los monstruos, que allí abundaban: Osiris Troiani, Ramiro de Casasbellas, Ernesto Schóo, el primero bonachón y penetrante, el segundo cascarrabias e invariablemente genial, el tercero distinguido y conocedor como pocos de los arcanos del arte y las bellas letras. Tomás sería el jefe de los corresponsales, y con él los nuevos aprenderíamos a trabajar hasta la extenuación, sin horarios ni fatiga, en cualquier tipo de nota o tema, en cualquier lugar: el periodismo así sí que era el segundero de la historia. Yo venía de otras prácticas del oficio, más individualistas, y me sorprendió que en esa cumbre cada ejemplar se discutiera entre todos, a veces ásperamente: con semejante elenco, había que crecer o renunciar.
El primer día, Casasbellas me dijo: "dejá de estar ahí como un pavote y escribí esta nota. La quiero en una hora". Yo lo miré desorbitado, y entonces él apretó más aún: "no te creas que sólo para La Gaceta vas a escribir rápido". Tomás reía. Algo le habría comentado. Después, todos íbamos en tertulia desde la redacción de calle Perú hasta "El Jabalí", en avenida Belgrano, donde Troiani desplegaba sus exigencias de gourmet. Así pasaron varios años, en los que aprendí dem ellos, y sobre todo, de Tomás, la lección de la excelencia. También del compañerismo y la bondad: Tomás , sin saberlo yo, le pidió a Dalle Nogare que se hiciera cargo en Buenos Aires de mi viaje de bodas, porque entonces yo no tenía un peso.
Así fue todo, durante varios años, hasta que la revista fue vendida al grupo de Jorge Antonio. Sentí que no cumpliría ya su rol, y renuncié. Don Vittorio hizo luego "Panorama", donde también trabajamos con Tomás, pero no anduvo. Nunca segundas partes fueron buenas. Y ya los tambores de la guerra habían comenzado a ensordecer la mente de los Argentinos.
Tomás se exiló en la Caracas soñada de Rafael Caldera y Luis Herrera Campins. Allí fui, buscando perfeccionar criterios para la construcción de un país basado en el humanismo teocéntrico, pluralista y comunitario, y me encontré con Tomás, en un larguísimo almuerzo donde nada de lo humano nos fue ajeno.
Yo ya había resuelto priorizar la acción política por sobre la literatura, y él, sin resentimiento alguno, estaba transitando desde el periodismo hacia la creación literaria. Nuestros caminos se separaron, pero siempre nos vimos después, con una cordialidad que sólo puede surgir de la feliz experiencia compartida, y de la certeza de que si se dan los pasos que marcan nuestro destino, nada será aciago.
En la primera reunión con los corresponsales de la revista en el interior, Tomás nos dijo a todos: "lo más importante en la vida es saber lo que se quiere, y trabajar sin pausa para lograrlo".
Es lo que hizo Tomás , que fue al mismo tiempo mi amigo, mi jefe, mi maestro.
Y no se interrumpió porque nos valorábamos en lo profundo del ser: argentinos del interior, tucumanos, conocedores de las coordenadas del acontecer y del pensar mundial, y comprometidos a volcar desde la palabra nuestro aporte para servir, desde la limitada condición humana, al ideal de una Argentina civilizada, tolerante, orientada hacia el progreso social y el cumplimiento de su rol en el bien común internacional.
No nos conocíamos físicamente, aunque sí de mentas y de relaciones provincianas, cuando una noche de la feliz época de los años 60 me llamó y me dijo: sé todo sobre vos, venite a Buenos Aires en el primer avión. Dando muestras de una calidad humana excepcional, me esperó, me acompañó a cenar y rápidamente me invitó a incorporarme a "Primera Plana", que por entonces inauguraba en el país una nueva clase de periodismo audaz, exigente, totalmente volcado a reflejarnos y punzarnos para levantar la mira y el propósito.
Al día siguiente me presentó al director, Vittorio Dalle Nogare, figura paternal que recuerdo con enorme afecto, y luego a los monstruos, que allí abundaban: Osiris Troiani, Ramiro de Casasbellas, Ernesto Schóo, el primero bonachón y penetrante, el segundo cascarrabias e invariablemente genial, el tercero distinguido y conocedor como pocos de los arcanos del arte y las bellas letras. Tomás sería el jefe de los corresponsales, y con él los nuevos aprenderíamos a trabajar hasta la extenuación, sin horarios ni fatiga, en cualquier tipo de nota o tema, en cualquier lugar: el periodismo así sí que era el segundero de la historia. Yo venía de otras prácticas del oficio, más individualistas, y me sorprendió que en esa cumbre cada ejemplar se discutiera entre todos, a veces ásperamente: con semejante elenco, había que crecer o renunciar.
El primer día, Casasbellas me dijo: "dejá de estar ahí como un pavote y escribí esta nota. La quiero en una hora". Yo lo miré desorbitado, y entonces él apretó más aún: "no te creas que sólo para La Gaceta vas a escribir rápido". Tomás reía. Algo le habría comentado. Después, todos íbamos en tertulia desde la redacción de calle Perú hasta "El Jabalí", en avenida Belgrano, donde Troiani desplegaba sus exigencias de gourmet. Así pasaron varios años, en los que aprendí dem ellos, y sobre todo, de Tomás, la lección de la excelencia. También del compañerismo y la bondad: Tomás , sin saberlo yo, le pidió a Dalle Nogare que se hiciera cargo en Buenos Aires de mi viaje de bodas, porque entonces yo no tenía un peso.
Así fue todo, durante varios años, hasta que la revista fue vendida al grupo de Jorge Antonio. Sentí que no cumpliría ya su rol, y renuncié. Don Vittorio hizo luego "Panorama", donde también trabajamos con Tomás, pero no anduvo. Nunca segundas partes fueron buenas. Y ya los tambores de la guerra habían comenzado a ensordecer la mente de los Argentinos.
Tomás se exiló en la Caracas soñada de Rafael Caldera y Luis Herrera Campins. Allí fui, buscando perfeccionar criterios para la construcción de un país basado en el humanismo teocéntrico, pluralista y comunitario, y me encontré con Tomás, en un larguísimo almuerzo donde nada de lo humano nos fue ajeno.
Yo ya había resuelto priorizar la acción política por sobre la literatura, y él, sin resentimiento alguno, estaba transitando desde el periodismo hacia la creación literaria. Nuestros caminos se separaron, pero siempre nos vimos después, con una cordialidad que sólo puede surgir de la feliz experiencia compartida, y de la certeza de que si se dan los pasos que marcan nuestro destino, nada será aciago.
En la primera reunión con los corresponsales de la revista en el interior, Tomás nos dijo a todos: "lo más importante en la vida es saber lo que se quiere, y trabajar sin pausa para lograrlo".
Es lo que hizo Tomás , que fue al mismo tiempo mi amigo, mi jefe, mi maestro.










