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Lunes 1 de Febrero de 2010 | Por Tomás Eloy Martínez(LA GACETA Literaria, 22 de junio de 1997).
Toda novela y todo relato ficticio son un acto de provocación, porque tratan de imponer en el lector una representación de la realidad que le es ajena. En esa provocación hay un yo que se afana por ser oído, un yo que trata de perdurar narrándose a sí mismo. Toda crítica es también una forma de autobiografía, una manera de contar la propia vida a través de las lecturas, ya no como provocación sino como interrogación. Ambas escrituras son a la vez profecías e interpretaciones del pasado, reconstrucciones del futuro con los restos del presente. Pero el discurso de la historia: ¿qué es? A diferencia de la ficción y de la crítica y a diferencia, sobre todo, del pensamiento filosófico, el discurso histórico no es una aporía: es una afirmación donde hay una incertidumbre, instala (o finge instalar) una verdad; donde hay una conjetura, acumula datos.
Pero la ficción y la historia son también apuestas contra el porvenir. Si bien el gesto de reescribir la historia como novela o el de escribir novelas con los hechos de la historia no son ya sólo la corrección de la versión oficial, ni tampoco un modo de oponerse al discurso del poder, no dejan de seguir siendo ambas cosas: las ficciones sobre la historia reconstruyen versiones, se oponen al poder y, a la vez, apuntan hacia delante.
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