01 Febrero 2010 Seguir en 
Tomás Eloy Martínez reniega de que obras suyas como La novela de Perón o Santa Evita sean consideradas novelas históricas y reclama para ellas el estatus de novelas "tejidas sobre el bastidor de la historia". Incluso, en esta batalla entre pasado y presente inscribe una proyección al futuro. En su texto La construcción de un mito, sostiene: "La ficción y la historia se escriben para corregir el porvenir, para labrar el cauce de río por el que navegará el porvenir, para situar el porvenir en el lugar de los deseos". Y a la vez asevera que "novela significa licencia para mentir". Si algo de cierto tiene la petición de principio que hace Martínez sobre sí mismo, es que se trata del gran mentiroso, el gran mitó/mano -lo cual quiere decir: el gran escritor- de la Argentina contemporánea.
Martínez instaura en sus novelas una y otra vez la duda, pero no la moderna duda metódica cartesiana ni tampoco la incesante duda posmoderna. En última instancia, y aunque se resista a confesarlo excepto cuando se refiere a su labor periodística, desde sus mentiras y sus dudas es un irredento buscador de la verdad. No ya, como apunta Nuria Girona Fibla, de una verdad totalizante, que en estos tiempos equivaldría a totalitaria. Pero, como asegura la crítica catalana, la renuncia a una Verdad con mayúscula no invalida en modo alguno el proceso de búsqueda de la verdad: una, alguna o muchas verdades.
En La novela de Perón, Martínez recurre a la imagen de los ojos de la mosca, compuestos a su vez de cuatro mil pequeños ojos. ¿Qué ve una mosca? le hace preguntarse a Perón desde el recuerdo de su abuela: ¿cuatro mil verdades o la verdad partida en cuatro mil pedazos? En Santa Evita, retrata a Eva Perón como una mariposa que bate sus alas en sentido opuesto, metáfora de su misma novela: un ala se mueve hacia adelante, hacia el futuro; la otra hacia atrás, hacia el pasado. El tiempo, en las novelas de Martínez, deviene un laberinto borgeano donde futuro, presente y pasado juegan un juego simultáneo de alianzas y de traiciones.
Es cierto que Tomás Eloy Martínez escribe sus novelas "tejidas sobre el bastidor de la historia" desde el presente. Es cierto que las utiliza para labrar el cauce de río del porvenir. Y es cierto que con ellas crea un "turbio pasado irreal". Pero este jardín de tiempo está determinado en primera y en última instancia por una irrenunciable (e irresistible) búsqueda de la verdad.
Los ojos de la mosca de La novela de Perón han sido mal leídos porque los críticos quisieron caer en la trampa de una supuesta relatividad absoluta y posmoderna. Desde luego, no es así. Como el protagonista de la película Pink Floyd - The Wall, que destruye su departamento para luego volver a construirlo con los objetos en otro orden, las ficciones de Martínez no proponen un modelo único para la reconstrucción del rompecabezas ni tampoco se dejan llevar por un relativismo absoluto. Es innegable que en su narrativa, como en toda la del primer tercio del siglo XX a esta parte, reinan dos leyes con que la física ha marcado el signo de los tiempos: la teoría de la relatividad de Einstein y el principio de incertidumbre de Heisenberg (brillantemente retratado por el dramaturgo inglés Michael Frayn en su obra Copenhague). Pero la relatividad no implica el relativismo a ultranza ni la incertidumbre deniega la posibilidad de alguna verdad.
He dicho con toda conciencia "alguna" en lugar de "una" verdad. En cada ficción de Tomás Eloy Martínez que se entrelaza con la historia, esta encuentra una explicación, o, para decirlo correctamente, muchas explicaciones, de acuerdo con cada lector o lectora y, cabe figurárselo, con la misma escritura (el proceso, el resultado) de Martínez. Este, aun con la relatividad y la incertidumbre pesando sobre sus hombros, o precisamente por eso, vive mintiendo para buscar verdad(es). Esa es su estética pero, ante todo, su ética. La misma que animó a Borges a decir que "nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero es nuestro deber edificar como si fuera piedra la arena".
© LA GACETA
Juan Pablo Neyret - Profesor de Literatura, doctorando en Literatura Latinoamericana en The Pennsylvania State University. Autor de "Una retórica del disimulo: Discurso periodístico y memoria de los 70 en la narrativa de Tomás Eloy Martínez".
Martínez instaura en sus novelas una y otra vez la duda, pero no la moderna duda metódica cartesiana ni tampoco la incesante duda posmoderna. En última instancia, y aunque se resista a confesarlo excepto cuando se refiere a su labor periodística, desde sus mentiras y sus dudas es un irredento buscador de la verdad. No ya, como apunta Nuria Girona Fibla, de una verdad totalizante, que en estos tiempos equivaldría a totalitaria. Pero, como asegura la crítica catalana, la renuncia a una Verdad con mayúscula no invalida en modo alguno el proceso de búsqueda de la verdad: una, alguna o muchas verdades.
En La novela de Perón, Martínez recurre a la imagen de los ojos de la mosca, compuestos a su vez de cuatro mil pequeños ojos. ¿Qué ve una mosca? le hace preguntarse a Perón desde el recuerdo de su abuela: ¿cuatro mil verdades o la verdad partida en cuatro mil pedazos? En Santa Evita, retrata a Eva Perón como una mariposa que bate sus alas en sentido opuesto, metáfora de su misma novela: un ala se mueve hacia adelante, hacia el futuro; la otra hacia atrás, hacia el pasado. El tiempo, en las novelas de Martínez, deviene un laberinto borgeano donde futuro, presente y pasado juegan un juego simultáneo de alianzas y de traiciones.
Es cierto que Tomás Eloy Martínez escribe sus novelas "tejidas sobre el bastidor de la historia" desde el presente. Es cierto que las utiliza para labrar el cauce de río del porvenir. Y es cierto que con ellas crea un "turbio pasado irreal". Pero este jardín de tiempo está determinado en primera y en última instancia por una irrenunciable (e irresistible) búsqueda de la verdad.
Los ojos de la mosca de La novela de Perón han sido mal leídos porque los críticos quisieron caer en la trampa de una supuesta relatividad absoluta y posmoderna. Desde luego, no es así. Como el protagonista de la película Pink Floyd - The Wall, que destruye su departamento para luego volver a construirlo con los objetos en otro orden, las ficciones de Martínez no proponen un modelo único para la reconstrucción del rompecabezas ni tampoco se dejan llevar por un relativismo absoluto. Es innegable que en su narrativa, como en toda la del primer tercio del siglo XX a esta parte, reinan dos leyes con que la física ha marcado el signo de los tiempos: la teoría de la relatividad de Einstein y el principio de incertidumbre de Heisenberg (brillantemente retratado por el dramaturgo inglés Michael Frayn en su obra Copenhague). Pero la relatividad no implica el relativismo a ultranza ni la incertidumbre deniega la posibilidad de alguna verdad.
He dicho con toda conciencia "alguna" en lugar de "una" verdad. En cada ficción de Tomás Eloy Martínez que se entrelaza con la historia, esta encuentra una explicación, o, para decirlo correctamente, muchas explicaciones, de acuerdo con cada lector o lectora y, cabe figurárselo, con la misma escritura (el proceso, el resultado) de Martínez. Este, aun con la relatividad y la incertidumbre pesando sobre sus hombros, o precisamente por eso, vive mintiendo para buscar verdad(es). Esa es su estética pero, ante todo, su ética. La misma que animó a Borges a decir que "nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero es nuestro deber edificar como si fuera piedra la arena".
© LA GACETA
Juan Pablo Neyret - Profesor de Literatura, doctorando en Literatura Latinoamericana en The Pennsylvania State University. Autor de "Una retórica del disimulo: Discurso periodístico y memoria de los 70 en la narrativa de Tomás Eloy Martínez".







