27 Noviembre 2009 Seguir en 
Giuseppe Tornatore escribió y filmó "Cinema Paradiso" en 1988; allí pintó con enorme sensibilidad el flechazo de amor por el cine que experimenta un niño a partir de su amistad con el proyectorista de la vieja sala de un pueblito italiano; a través de la universalidad propia de toda obra maestra, el realizador simbolizó en el filme el impacto que este arte de masas ha tenido en varias generaciones de habitantes de todo el planeta. La fascinación que domina el espíritu de Toto cuando descubre el universo que esconde la cabina de proyección del "Paradiso" resume en admirable síntesis la que millones de cinéfilos de todo el mundo y de todas las épocas experimentamos en la oscuridad de las salas y ante el milagro de las imágenes en movimiento sobre la gran pantalla.
Me tocó dejar de ser un niño y empezar a convertirme en adolescente en los años en que uno de los hermanos de mi madre emprendió la aventura de instalar un cine al aire libre en San Miguel de Tucumán. El tío Alberto había sido desde siempre un entusiasta de las películas: en sus manos vi por primera vez en mi vida una filmadora (una Paillard Bolex de 16 milímetros, a cuerda) y era él quien, en algunas noches de verano, instalaba un proyector y una pantalla de tela en la galería de la casa de mi abuela materna para exhibir no sólo películas familiares sino también algunos largometrajes en copias sonoras de 16 milímetros.
El cine Rivadavia funcionó entre 1959 y 1969; allí conocí los entretelones de la proyección de películas en 35 milímetros, cuando las copias venían enlatadas en rollos de 10 a 15 minutos de duración cada uno. En la cabina había dos enormes proyectores de lámpara de arco (con electrodos de carbón), que se alternaban para la exhibición del filme; aprendí a detectar en la película las marcas que le advertían al operador cuándo cambiar de proyector. En la cabina había también una elemental mesa de montaje, en la que se colocaba la película (celuloide, no acetato) para unirla con acetona si es que tenía algún corte. Por eso, el perfume del pegamento siempre fue para mí "olor a película", aún cuando viniera de las pinturas de uñas de mi madre o de mis tías. Hoy, en las mullidas butacas de los multicines, cuando percibo el dulzón aroma del pochoclo, a veces extraño ese viejo "olor a película" de mi infancia.
Me tocó dejar de ser un niño y empezar a convertirme en adolescente en los años en que uno de los hermanos de mi madre emprendió la aventura de instalar un cine al aire libre en San Miguel de Tucumán. El tío Alberto había sido desde siempre un entusiasta de las películas: en sus manos vi por primera vez en mi vida una filmadora (una Paillard Bolex de 16 milímetros, a cuerda) y era él quien, en algunas noches de verano, instalaba un proyector y una pantalla de tela en la galería de la casa de mi abuela materna para exhibir no sólo películas familiares sino también algunos largometrajes en copias sonoras de 16 milímetros.
El cine Rivadavia funcionó entre 1959 y 1969; allí conocí los entretelones de la proyección de películas en 35 milímetros, cuando las copias venían enlatadas en rollos de 10 a 15 minutos de duración cada uno. En la cabina había dos enormes proyectores de lámpara de arco (con electrodos de carbón), que se alternaban para la exhibición del filme; aprendí a detectar en la película las marcas que le advertían al operador cuándo cambiar de proyector. En la cabina había también una elemental mesa de montaje, en la que se colocaba la película (celuloide, no acetato) para unirla con acetona si es que tenía algún corte. Por eso, el perfume del pegamento siempre fue para mí "olor a película", aún cuando viniera de las pinturas de uñas de mi madre o de mis tías. Hoy, en las mullidas butacas de los multicines, cuando percibo el dulzón aroma del pochoclo, a veces extraño ese viejo "olor a película" de mi infancia.







