Ahora, toser o sonarse la nariz es un estigma
El miedo al contagio ha llevado a la gente al límite del aislamiento y está rompiendo los lazos solidarios, afirman dos psicólogas. "No me voy a arriesgar a meterme en un lugar lleno de virus", dijo una mujer que reclamó que en los comercios se usen barbijos.
03 Julio 2009 Seguir en 
Toser, estornudar o sonarse la nariz pasaron de ser acciones tan normales que casi pasaban inadvertidas, a convertirse en una especie de estigma para quien las realice en público. A medida que pasan los días, la psicosis que desató la gripe A en Tucumán es cada vez más grande y eso se puede advertir en las calles, donde todos parecen andar a la defensiva temiendo que quien camina junto a ellos sea portador del virus.
Ayer al mediodía, una joven esperaba para cruzar Córdoba, casi en la esquina con Maipú. Junto a ella se paró un hombre. Mientras aguardaba, el hombre tosió y no se cubrió la boca. Ella lo miró, frunció el ceño y se corrió a dos metros de donde estaba el individuo.
"¡Usted es un irresponsable!", le gritó una mujer a un joven que cometió el "pecado" de estornudar en la esquina de San Juan y Muñecas. "Pero señora, me tapé la boca y lo hice con el ángulo del codo, como recomiendan los médicos", le respondió él. "¡Usted anda repartiendo virus por todos lados. La gente como usted debería estar presa!", lo increpó ella.
Nélida Gómez, un ama de casa de 44 años, ingresa sólo a los comercios donde los empleados tienen la cara cubierta con barbijos. "No me voy a arriesgar a meterme a un lugar lleno de virus. Tengo familia e hijos que cuidar", explicó. Cuando el cronista de LA GACETA le dijo que los médicos aseguran que este elemento no es completamente seguro para evitar el contagio, ella respondió: "¿En serio? Yo pensaba que sí. Bueno, igual prefiero a la gente que usa barbijo".
Ya no llama la atención ver en las calles céntricas a personas que cubren sus rostros con barbijos. Esta práctica se volvió habitual. Además, para muchos la fiebre se convirtió exageradamente en algo parecido a una condena. Uno de ellos es Federico Domínguez. A este estudiante de Derecho de 26 años se le puso la piel de gallina cuando vio que el termómetro marcaba 37,5 grados. "Me voy al médico; mirá si tengo gripe A", le anunció ayer a un amigo.
"El miedo aparece cuando me siento amenazado", explicó la psicóloga Carmina Varela, coordinadora en Tucumán del Centro Gestáltico San Isidro.
"Sentimos miedo ante cosas que no podemos controlar; en este caso se trata de una enfermedad y de una amenaza de muerte", afirmó.
"La psicosis aparece cuando el análisis que hago de la situación real está tan contaminado por el miedo a enfermarme que reacciono de una manera desmedida a pesar de que cuente con los recursos para enfrentar la situación", explicó.
Varela se refirió al caso concreto del uso de barbijos. "Los médicos afirman que usarlo es contraproducente. Ahora bien ¿cómo se le explica esto a una persona en un momento en el que el barbijo adquirió un valor simbólico de seguridad?", se preguntó. A todo esto se suma un problema social: el ciudadano cree que aunque él tome todos los recaudos para evitar el contagio, su prójimo no lo hace y eso lo convierte en una amenaza. La psicóloga recomendó que cada persona que sienta los síntomas d de la enfermedad se autoaísle y que no trate de paliar los síntomas con medicamentos para seguir yendo a trabajar. "Tenemos que ser más solidarios y pensar que no vivimos solos y que nuestras acciones afectan tanto a quien tenemos al lado como a aquel que vive a 1.500 kilómetros", concluyó.
Algo parecido dijo la directora de la Maestría en Psicología Social y de la Escuela de Psicología Social, Josefina Racedo. "La solidaridad se ve amenazada, con esto de que el otro se vuelve peligroso. Y eso es riesgoso para la subjetividad, porque desestructura la vida cotidiana. Desde la Escuela de Psicología Social planteamos que no hay que perder la modalidad del encuentro, que hay que cuidarnos y hay que cuidarse", opinó la psicóloga.
Ayer al mediodía, una joven esperaba para cruzar Córdoba, casi en la esquina con Maipú. Junto a ella se paró un hombre. Mientras aguardaba, el hombre tosió y no se cubrió la boca. Ella lo miró, frunció el ceño y se corrió a dos metros de donde estaba el individuo.
"¡Usted es un irresponsable!", le gritó una mujer a un joven que cometió el "pecado" de estornudar en la esquina de San Juan y Muñecas. "Pero señora, me tapé la boca y lo hice con el ángulo del codo, como recomiendan los médicos", le respondió él. "¡Usted anda repartiendo virus por todos lados. La gente como usted debería estar presa!", lo increpó ella.
Nélida Gómez, un ama de casa de 44 años, ingresa sólo a los comercios donde los empleados tienen la cara cubierta con barbijos. "No me voy a arriesgar a meterme a un lugar lleno de virus. Tengo familia e hijos que cuidar", explicó. Cuando el cronista de LA GACETA le dijo que los médicos aseguran que este elemento no es completamente seguro para evitar el contagio, ella respondió: "¿En serio? Yo pensaba que sí. Bueno, igual prefiero a la gente que usa barbijo".
Ya no llama la atención ver en las calles céntricas a personas que cubren sus rostros con barbijos. Esta práctica se volvió habitual. Además, para muchos la fiebre se convirtió exageradamente en algo parecido a una condena. Uno de ellos es Federico Domínguez. A este estudiante de Derecho de 26 años se le puso la piel de gallina cuando vio que el termómetro marcaba 37,5 grados. "Me voy al médico; mirá si tengo gripe A", le anunció ayer a un amigo.
"El miedo aparece cuando me siento amenazado", explicó la psicóloga Carmina Varela, coordinadora en Tucumán del Centro Gestáltico San Isidro.
"Sentimos miedo ante cosas que no podemos controlar; en este caso se trata de una enfermedad y de una amenaza de muerte", afirmó.
"La psicosis aparece cuando el análisis que hago de la situación real está tan contaminado por el miedo a enfermarme que reacciono de una manera desmedida a pesar de que cuente con los recursos para enfrentar la situación", explicó.
Varela se refirió al caso concreto del uso de barbijos. "Los médicos afirman que usarlo es contraproducente. Ahora bien ¿cómo se le explica esto a una persona en un momento en el que el barbijo adquirió un valor simbólico de seguridad?", se preguntó. A todo esto se suma un problema social: el ciudadano cree que aunque él tome todos los recaudos para evitar el contagio, su prójimo no lo hace y eso lo convierte en una amenaza. La psicóloga recomendó que cada persona que sienta los síntomas d de la enfermedad se autoaísle y que no trate de paliar los síntomas con medicamentos para seguir yendo a trabajar. "Tenemos que ser más solidarios y pensar que no vivimos solos y que nuestras acciones afectan tanto a quien tenemos al lado como a aquel que vive a 1.500 kilómetros", concluyó.
Algo parecido dijo la directora de la Maestría en Psicología Social y de la Escuela de Psicología Social, Josefina Racedo. "La solidaridad se ve amenazada, con esto de que el otro se vuelve peligroso. Y eso es riesgoso para la subjetividad, porque desestructura la vida cotidiana. Desde la Escuela de Psicología Social planteamos que no hay que perder la modalidad del encuentro, que hay que cuidarnos y hay que cuidarse", opinó la psicóloga.










