Gritos en la ciudadde los muertos vivos

Las madres de los adictos en el barrio Costanera reclaman que las autoridades no las escuchan. El gobernador dice que esos chicos son irrecuperables. El fenómeno crece. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

30 Diciembre 2008

¿Qué hacer con los chicos del barrio Costanera? La droga se los está comiendo vivos, según el relato que hacen sus madres, que se enfrentan no sólo a sus propios hijos, transformados en violentos enfermos en busca del paco, sino a los vendedores de la droga (llamados "transas"); a sus familiares, que encuentran viable el negocio de la compraventa de estupefacientes, y también a la indiferencia o a la impotencia de las autoridades. "No hay futuro para nuestros hijos. Están destruidos por el paco", dicen.
Llama la atención en forma alarmante ese gran caldero de marginalidad que es el barrio Costanera. Integra varias barriadas que tienen sus nombres, pero que los resignaron bajo la denominación que abarca una extensa población donde la exclusión social impera. Ni siquiera lugares considerados "zonas rojas" como "La Bombilla" o "El Sifón" concentran tanto abandono y olvido de la sociedad. Por ello, el Costanera es otro mundo, con códigos propios y una realidad diferente. No sólo se trata de chicos drogados y violentos. También se trata de muertes, como la de la pelea de Navidad, cuando fue baleado el comprador de droga Walter Santana.
Las madres, que reciben el impacto directo de esta otra realidad, plantean en sus pedidos la primera cuestión: "No nos interesa que nos traigan pavimento o escuelas, si aquí no hay futuro", dicen. Quieren acciones distintas de los funcionarios. Pero dicen que no son escuchadas y que nunca les abren las puertas en la Secretaría de Prevención de Adicciones. Sin embargo, su titular, Alfredo Miroli, destaca que es parte esencial de su política el diálogo con los padres. El secretario dicta charlas en los municipios y fomenta el encuentro entre padres e hijos para decirles no a las drogas. Claro que esta política está destinada a padres y a chicos que no están expulsados de la sociedad, como los del Costanera.
Son dos realidades distintas, pero en ambos casos se trata de adicciones y de fenómenos vinculados a la creciente inundación de drogas. Sólo que en el caso del Costanera, se ven ya efectos directos -chicos enfermos y desnutridos, con sus mentes afectadas- mientras los funcionarios tratan de tapar una marea con las manos y al tiempo que la Policía -que entra con frecuencia al barrio a causa de la violencia imperante- sigue negando la existencia del paco.
A esta altura del partido, poco importa cómo se denomine la sustancia por la que se desviven esos chicos -paco o bazuco-, sino sus efectos y el brutal cambio de perspectivas que les genera: sólo les importa drogarse; no les atrae el futuro, a decir de sus madres. Tampoco importa en este caso si se despenaliza o no la tenencia de estupefacientes. Aunque ese mundo está a 20 cuadras de la plaza Independencia, esos chicos que están más allá de las detenciones policiales, que a su manera buscan -como cuenta el adicto que interpreta Benicio del Toro en la película "Lo que perdimos en el camino"- que el viaje con el desecho de la droga, aunque vaya directo al infierno, sea como ser besado por Dios. Nunca alcanza esa sensación. Pero siempre la busca.
El gobernador José Alperovich dijo que los chicos que consumen paco en el Costanera son irrecuperables. ¿Y los que aún no consumen y están impelidos a hacerlo? ¿Y los que aún son bebés? Los expertos advierten que el barrio Costanera es un laboratorio que muestra el caldo del abandono social, y que hace falta un plan de prevención fuerte. "No sirve encarar programas desde afuera o ir a dar charlas", dice la psiquiatra María Eugenia Almaraz, que coordina un grupo de trabajo con las madres de los adictos y que pide coordinación entre Salud y Desarrollo Social. Hace falta un plan de prevención de alcance nacional, añade Ramiro Hernández, del centro Volver. Y el mismo ministro de Salud, Pablo Yedlin, que reconoce que las soluciones son difíciles, afirma que se trata de una tarea en la que debe involucrarse directamente la Secretaría de Prevención de Adicciones.
Pero mientras los funcionarios actúen cada uno por su lado, mientras los policías ignoren lo que está ocurriendo en ese lugar (y sus jefes no reaccionen frente a las denuncias de las madres de que hay policías que van semanalmente a recoger plata de los "transas"), el fenómeno seguirá creciendo. Y habrá más cadáveres caminando, sin futuro.

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