Perder el miedo

El abuso de drogas no es un problema policial sino social. Los jóvenes advierten que los enfoques para enfrentarlo desnudan las contradicciones del mundo adulto. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

23 Diciembre 2008

El contraste entre el pánico que genera la palabra droga en gran parte del mundo adulto y la laxa visión de los jóvenes es cada vez más notorio. Los grandes -entre los que se incluyen expertos como el toxicólogo Alfredo Córdoba o el secretario de Prevención de Adicciones, Alfredo Miroli- dicen que los chicos les han perdido el miedo a los estupefacientes y hasta los asocian con el placer. Muchos adolescentes, como los entrevistados por LA GACETA en la plaza Urquiza- consideran que el tabaco es más nocivo que la marihuana. "Se ha perdido el concepto de toxicidad de la sustancia", dice Córdoba. Tanto él como Miroli y la experta en adicciones María Eugenia Almaraz estiman que la minimización de los efectos de las drogas es la causa por la que se disparó el consumo, y que la falta de percepción del peligro agravará todo.
Ahora bien, el miedo es la estrategia que se ha usado siempre para enfrentar este problema. De hecho, sobre la advertencia del peligro del flagelo de las drogas se asienta el enfoque policial tradicional, a partir del cual se diseñó toda la política de lucha contra las drogas que, al igual que el resto de los aspectos de la política de seguridad, surge de planes organizados por jefaturas policiales -cuya buena voluntad no se discute- que suelen aplicar el mismo método para cualquiera de los problemas que surgen a su paso. En ese método tradicional policial se suele confundir efectividad con cantidad de detenciones.
Verdaderamente, ese enfoque no ha demostrado ser muy efectivo. Lo dice la Justicia Federal, que reprocha a los policías que detienen casi únicamente a consumidores, y escasamente a traficantes, y lo reconocen los mismos funcionarios de Seguridad, que afirman que la Policía no cuenta ni con especialistas ni con los medios necesarios para combatir este tipo de delito. Así las cosas, ¿cómo saben que la estrategia que usan es la adecuada? No lo saben. Y en ese contexto, ante el aumento del tráfico de drogas y del consumo, se esfuerzan por hacer más de lo mismo: producen más detenciones y hacen más operativos. Pero la realidad los sobrepasa: toda la política antidrogas de las últimas dos décadas no produjo cambios benéficos para evitar el aumento de las adicciones.

Distinta percepción
El problema es que quienes persiguen este enfoque policial no consideran que el método haya fracasado, sino que -dicen- es la sociedad la que cambió para mal. Antes la penetración de la droga era obra de los narcotraficantes que, con el poder del dinero, elegían un mercado determinado y que, en los últimos años, habían decidido que Argentina debía dejar de ser país de tránsito para ser de consumo. Ahora, quienes sostienen esa tesitura afirman que ya no somos sólo consumidores, sino que esta tierra empieza a tener fábricas de droga. Lo dice Carlos Stornelli, ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires.
Estos sectores se oponen, desde su perspectiva, a los cambios que propone el Ministerio de Justicia nacional, en cuanto a despenalizar el consumo y perseguir en serio a los traficantes. Entre ambas posturas hay un abismo, expresado a través de dos encuestas diferentes. Una es de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), que afirma que aumentó el consumo de drogas, y otra del Ministerio de Justicia, que dice que es más preocupante el crecimiento de adicciones como la del alcohol. Esta postura pone énfasis en que el método policial, en todo caso, es para perseguir a traficantes pero no para tratar el problema social de las adicciones.
Ese bamboleo político es pésimo para quienes tratan con los adictos, que observan que no se tienen datos claros de muchos aspectos del problema, como es el caso del paco, que es un desecho de la cocaína. La Policía de Tucumán dice que este fenómeno no llegó a la Provincia, el ministro de Justicia nacional, Aníbal Fernández, sostiene que no se sabe qué es esta sustancia, y los expertos dicen que algunos barrios de la periferia están inundados de esta droga.
¿Qué conclusión pueden sacar los jóvenes de este berenjenal? Muy pocas, excepto que los adultos no saben qué hacer. Miroli dice que hay que trabajar con los padres, para que estos, involucrándose en lo que hacen los chicos y fomentándoles la autoestima, les digan no a las drogas. Pero el mismo Miroli reconoce un dato fundamental: la contradicción del mundo adulto. "Los hijos opinan que sus padres dicen una cosa y hacen otra", afirma. ¿No ha pasado lo mismo con el mensaje de que la droga mata mientras en las pelìculas se ve a la gente fumar marihuana y consumir cocaína sin dramas? ¿No es una contradicción similar a la del consumo de alcohol o a la de las infracciones de tránsito?
Los jóvenes perciben la amplia diferencia entre la tolerancia social y cultural a ciertas adicciones y el drama específico del tráfico de drogas. Lo que no advierte el mundo adulto es que esa contradicción ya se percibía hace décadas. Sólo que ahora se perdió el miedo. ¿Es malo esto? No se sabe. Lo que está claro es que del enfoque policíaco del miedo se llegó a esto y que ahora no se puede usar un discurso contradictorio para sostener un sistema que ha fracasado

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