Derecho, Justicia y jueces

Apreciaciones sugestivas del doctor Juan Heller. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.

EN LOS TRIBUNALES. El presidente de la Corte, doctor Juan Heller, a la derecha, y el gobernador, doctor Miguel M. Campero, llevan del brazo a monseñor Bernabé Piedrabuena, al salir de un acto en el Palacio. LA GACETA
EN LOS TRIBUNALES. El presidente de la Corte, doctor Juan Heller, a la derecha, y el gobernador, doctor Miguel M. Campero, llevan del brazo a monseñor Bernabé Piedrabuena, al salir de un acto en el Palacio. LA GACETA
13 Octubre 2008

Los reflexivos artículos que, de tanto en tanto, el doctor Juan Heller publicaba en LA GACETA de 1945, pueden extraerse párrafos más que sugerentes. Por ejemplo, en una ocasión y a propósito de una proyectada "reforma judicial", hacía un comentario sobre esa particular sensación de estremecimiento que muchas personas suelen experimentar, cuando se encuentran, por cualquier razón, en el ámbito de la Justicia.
Ese "embargo de los ánimos", decía Heller, no proviene ni del empaque de los magistrados ni del ambiente de un tribunal. "Proviene de esa conciencia del derecho, de ese sentimiento de la propia culpa que embarga al hombre, de su necesidad de perdón y de justicia". Por eso ninguna revolución ha podido ignorar el sistema de justicia: "a esa aspiración al orden jurídico, la experimenta el más avanzado de los revolucionarios". Porque el momento crítico de una revolución es cuando se debe decidir si sigue el régimen anterior o se adopta uno nuevo. Pero siempre será "un régimen de derecho del cual nadie puede salirse, pues el hombre está regido por sus normas desde la concepción materna hasta mucho después de la muerte".
Conectaba con ese tema la difícil tarea del juez, quien debe "contentar a dos, de los cuales uno sólo debe triunfar". Y la visión del magistrado no era la de un abogado o la de la gente. Contaba una anécdota. "Un conocido anciano de Cruz Alta, sin herederos forzosos, resolvió repartir sus bienes en vida, entre sus mejores allegados. Pero tales reservas se le concluyeron y quedó en la indigencia, abandonado por sus favorecidos y obligado a vivir de la caridad, que imploraba así: ?señor, una limosna para un hombre que la vida le sobró y la plata le faltó".
Comentaba que había oído este "ejemplo histórico" a don Javier Mendilaharzu. Era un caso "que el abogado no vería como el juez, y que la conciencia popular apreciaría de distinta manera. Pero la misericordia no es atributo de los jueces. Pero tampoco es digno de tal nombre, aquel en cuyos labios se ha refugiado el hastío y a cuyos ojos, como a los de las estatuas, les son desconocidas las lágrimas"

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