26 Septiembre 2008 Seguir en 
Como muy pocas actividades, el deporte refleja las contradicciones de países y sociedades, acá y en todo el mundo. Nos muestra en las reacciones más viscerales y primarias. En el atavismo de las muchedumbres o en el folclore hiriente de las tribunas. También, en los disparates dirigenciales o en el endiosamiento de algunos deportistas.El sábado, en Jujuy, Raúl Ulloa, presidente vitalicio de Gimnasia, encaró enfurecido al árbitro Saúl Laverni porque presuntamente este había definido a los jugadores del club como bolivianos. El gentilicio quiso ser un insulto.¿Puede atribuirse el caso a una patología del fútbol? Para nada. La comunidad boliviana en la Argentina vive aislada en guetos. Días pasados, en el correo de un diario nacional, una lectora denunció que en un colectivo trabado por la manifestación de un grupo de ciudadanos de ese país en respaldo al presidente Evo Morales, un pasajero urgió al chofer: "arrancá y pasalos por arriba, matalos a todos de una buena vez".Otro caso se relaciona con el desempeño de la delegación argentina en los Juegos Paralímpicos de Beijing, donde el país entró en el puesto 58, muy lejos del podio triunfante (China, Gran Bretaña y Estados Unidos). Las crónicas deportivas exhibieron a nuestros atletas como ejemplos de tenacidad y de una épica de la superación y el esfuerzo. Curiosa isla del reconocimiento, que no refleja el mismo tesón a la hora de favorecer la integración prevista en leyes que nadie cumple ni respeta, como es fácil constatar.El país no tiene en cuenta la discapacidad, pero alaba a sus deportistas con discapacidad.El deporte por sí mismo no discrimina ni traba la integración de aquellos a quienes se considera "diferentes". Ni los señala con el dedo por su nacionalidad. Es el país el que hace una cosa y la otra. El deporte nos muestra a todos al desnudo. Tal como somos.







