Una confesiónde Avellaneda
El gran tucumano nunca quiso ceder al escepticismo. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.
28 Agosto 2008 Seguir en 
Entre los escritos publicados del gran tucumano Nicolás Avellaneda (1836-1885), hay páginas que contienen francas confesiones de su espíritu. Es sabido que, aunque lo apasionaba enormemente la política, amaba a la vez la literatura. Nunca tuvo tiempo para dedicarse a ella con la intensidad que hubiese querido, puesto que lo absorbieron las tareas públicas desde la juventud. Debió limitarse a páginas que no por su brevedad dejan de ser reveladoras,Había conocido las delicias y los tormentos del amor, y guardaba, como todos los hombres, ese universo personal de ilusiones y de desilusiones que le había deparado su corta pero intensa vida. Pero sabía remontarse por encima del escepticismo. Así lo muestran las líneas que siguen.
"He subido y he descendido viendo la aurora y las sombras en mis cielos. He contado con los latidos del corazón, las horas del deseo, y otras horas amargas han venido después a emblanquecer mis cabellos. He soñado con la Beatriz desconocida y he creído un día besar sobre una frente de mujer la pureza ideal de su alma. Vinieron después los ardores profundos y las pasiones sombrías, y he abierto una vez una de mis venas, para contar los minutos con las gotas de mi sangre calenturienta", escribió Avellaneda.
"He acometido grandes tareas y he labrado mi surco, en el que crece ya para muchos la mies. He pasado por las asambleas inquietas y por las muchedumbres tumultuosas, para salir de las batallas que dan las pasiones humanas sin orgullo y triste, pálido y vencedor. He visto caer el baldón sobre mi intención pura. Llevo polvo en mis vestidos, palidez enfermiza en mi frente; pero creo todavía en el deber como fuerza para mi vida y en la libertad como destino para mi pueblo".







