07 Agosto 2008 Seguir en 
El patrimonio cultural de un pueblo es su pasado. En Amaicha del Valle, ese tiempo vivido se esconde en las montañas impenetrables y en las miradas heredadas. "El gran desafío es unir este presente con nuestras tradiciones", dice Balbín Aguaysol, referente de la comunidad vallista y fundador de la fundación Amauta, una escuela cultural y un museo ubicados en la localidad de los Zazos.
- ¿Cómo integra Amaicha su cultura?
- Hoy los amaicheños contamos con algo que consideramos nuestro y que, incluso, nos damos el lujo de compartirlo: la fiesta de la Pachamama. Nuestros abuelos también veneraban a la Madre Tierra, pero lo hacían de una forma muy cerrada.
- ¿Por qué hay tantos conflictos entre los pobladores?
- Acá hay una lucha de poder. Todo el mundo quiere ser cacique y nadie gobernado. El 98 % de los 6.000 habitantes de esta localidad es descendiente de indígenas, pero sólo el 20 % lo reconoce.
- ¿Cómo ve a Amaicha en un futuro cercano?
- Con serios problemas debido al cambio climático. Ya lo vivimos el año pasado, cuando llovió 10 veces más que lo usual y no sabíamos qué hacer. Nosotros decimos habitualmente que Dios perdona, pero la Pachamama te escupe...
Cerca de la casa de Aguaysol, el tun tun de una caja chayera sopla a los vientos la vida de un pueblo auténtico. Las manos de María Luisa Hidalgo hacen sonar el instrumento. Es una india, y su rostro la delata. A los 92 años, la mujer de piel endurecida asegura que el paso del tiempo jamás podrá borrar el espíritu aborigen y, tampoco, la fiesta de la Pachamama, a quien se le atreve con una copla:
Ya viene la Pachama
por sendas y quebradas
acá la estamos esperando
sus hijas las copleras
con la caja y la tonada.
"Yo estoy feliz en este lugar. Me siento hija y hermana de las montañas y de los cardones. Cuando veo una piedra me da ganas de abrazarla y de besarla. Me parece que es mi madre, que me dejó el amor y el cariño en cada cerro y en cada monte", dice la coplera.
A esta hora la gente anda ocupada con sus labores. Con su enamorado trajinar la tierra. Con sus crepúsculos filtrados entre añejas pircas. Con sus majadas. Casi nunca abandonan sus obligaciones los ancestrales habitantes de los cerros calchaquíes. Pero en agosto, en cambio, nadie lleva a los animales a pastar en lo alto, donde el Llastay azuza reses. Desde las cumbres descienden para venerar a su Pachamama. Hoy, a más de 500 años de la conquista, el pueblo aún cobija la esencia, el rito y el sitio ancestral que lo identifican. LA GACETA ©
- ¿Cómo integra Amaicha su cultura?
- Hoy los amaicheños contamos con algo que consideramos nuestro y que, incluso, nos damos el lujo de compartirlo: la fiesta de la Pachamama. Nuestros abuelos también veneraban a la Madre Tierra, pero lo hacían de una forma muy cerrada.
- ¿Por qué hay tantos conflictos entre los pobladores?
- Acá hay una lucha de poder. Todo el mundo quiere ser cacique y nadie gobernado. El 98 % de los 6.000 habitantes de esta localidad es descendiente de indígenas, pero sólo el 20 % lo reconoce.
- ¿Cómo ve a Amaicha en un futuro cercano?
- Con serios problemas debido al cambio climático. Ya lo vivimos el año pasado, cuando llovió 10 veces más que lo usual y no sabíamos qué hacer. Nosotros decimos habitualmente que Dios perdona, pero la Pachamama te escupe...
Cerca de la casa de Aguaysol, el tun tun de una caja chayera sopla a los vientos la vida de un pueblo auténtico. Las manos de María Luisa Hidalgo hacen sonar el instrumento. Es una india, y su rostro la delata. A los 92 años, la mujer de piel endurecida asegura que el paso del tiempo jamás podrá borrar el espíritu aborigen y, tampoco, la fiesta de la Pachamama, a quien se le atreve con una copla:
Ya viene la Pachama
por sendas y quebradas
acá la estamos esperando
sus hijas las copleras
con la caja y la tonada.
"Yo estoy feliz en este lugar. Me siento hija y hermana de las montañas y de los cardones. Cuando veo una piedra me da ganas de abrazarla y de besarla. Me parece que es mi madre, que me dejó el amor y el cariño en cada cerro y en cada monte", dice la coplera.
A esta hora la gente anda ocupada con sus labores. Con su enamorado trajinar la tierra. Con sus crepúsculos filtrados entre añejas pircas. Con sus majadas. Casi nunca abandonan sus obligaciones los ancestrales habitantes de los cerros calchaquíes. Pero en agosto, en cambio, nadie lleva a los animales a pastar en lo alto, donde el Llastay azuza reses. Desde las cumbres descienden para venerar a su Pachamama. Hoy, a más de 500 años de la conquista, el pueblo aún cobija la esencia, el rito y el sitio ancestral que lo identifican. LA GACETA ©







