La bonita Cumbre de los gestos vacíos

La reunión del Parlasur y el plenario de presidentes de la región es auspiciosa para la provincia. Pero muchos de sus detalles terminan por empañar el acontecimiento. Por Alvaro Aurane - Redacción LA GACETA.

 LA GACETA / JUAN PABLO SANCHEZ NOLI
LA GACETA / JUAN PABLO SANCHEZ NOLI
29 Junio 2008
"La provincia está quedando bella, hermosa (?) Vamos a vivir cuatro días de fiesta". José Alperovich, gobernador de Tucumán, en declaraciones a la prensa el 23 de junio de 2008.

Cuando Juan Domingo Perón asumió su primer mandato como presidente de la Nación, el 4 de junio de 1946, el apellido del país era "expectativa". El mundo acaba de salir del infierno del nazismo y de la II Guerra Mundial. La Argentina, lejos de la devastación europea, atravesaba un momento insuperable. En materia económica, sus exportaciones eran un portento. En el orden social, advenían normas que reivindicaban derechos laborales hasta entonces ignorados. Y en lo referente a la cosa pública, los trabajadores -todo un sector de la población históricamente discriminado por el orden conservador- eran integrados a la vida política del país.
Cuando el hombre que sería tres veces primer mandatario recibió el bastón de mando, hace 62 junios, hubo una semana completa de celebraciones. Félix Luna da cuenta de este contexto en el primer tomo de su obra "Perón y su tiempo". Lo tituló, nada menos, "La Argentina era una fiesta".
Ya no lo es más.
El campo no exporta, porque la Nación quiere importar a su billetera la mitad de lo que vendan afuera. La economía está parada. El conflicto ya le costó al país un punto del PBI: 3.400 millones de dólares. Todo cuanto pudo ganarse con el aumento de las retenciones ya se perdió. Pero el Gobierno insiste en la demonización de los que no agachan la cabeza frente su aspiradora de riquezas. El antagonismo volvió a germinar, incluso en el Jardín de la República.
La inflación aniquila sueldos y enfrenta a los trabajadores, que reclaman legítimamente mejores salarios, con patronales que, en muchos casos, advierten que ya no tienen margen de rentabilidad. Julio y agosto, con los aguinaldos y las cargas sociales que deben pagarse, amenazan con dejar en esta provincia un tendal de persianas caídas. Por supuesto, la pobreza sigue haciendo estragos. Tucumán es líder en desocupación. Los ciudadanos, progresivamente expulsados de una sociedad que ya no ofrece bienes comunes que asocien a sus miembros, también son echados de la política, reducida a costosa inversión para comprar voluntades y conseguir renta estatal e inmunidad procesal.
El gobernador de los tucumanos miró el escenario, pensó en la Cumbre del Mercosur, y dijo, convencido, que Tucumán será una fiesta. Semejante consideración presenta muchos más problemas que los descriptos para lograr un certificado de veracidad.

Rechazos y celebraciones
Las agendas de los organismos del Mercado Común del Cono Sur no son precisamente festivas. El Parlasur, una entidad más bien alegórica que no puede imponer nada a nadie, emitió una oportuna resolución que repudia la bestial política inmigratoria europea, y pidió que los presidentes que llegan mañana sienten posición al respecto. Este pronunciamiento, de paso, está fuera de la fiesta alperovichista, porque ocurrió el viernes. Tal vez por ello, desnuda dos dolores. El primero, que es explícito, refiere sin escalas al calvario de millones de latinoamericanos que lo dejan todo en busca de mejores condiciones de vida más allá del océano. El segundo, que es implícito, late en la nula autocrítica de los representantes sudamericanos: nadie repudió las verdaderas políticas de expulsión que implementan los Estados sudamericanos con sus pueblos, a partir de gobierno interrumpidos y de ininterrumpidos desgobiernos.
Ayer, fecha oficial del inicio de las celebraciones para el Gobierno tucumano, no había quórum para votar dos proyectos del exiguo orden del día. Para la mitad más uno de los parlamentarios del Mercosur, desde el viernes a la noche, Tucumán era una fiesta.

Importar y exportar
Lo que sigue no es más halagüeño. La reunión de la decena de jefes de Estado que se darán cita en Tucumán, según los anuncios oficiales dados hasta aquí, arrojará como gran logro la decisión de que los sudamericanos no necesiten pasaporte para ingresar a los países del cono sur, un hecho nada despreciable que, sin embargo, no deja de ser una cuestión administrativa. Para el caso, los argentinos ya gozan de esa prerrogativa cuando viajan a países limítrofes. Tal vez el cónclave de presidentes pueda adquirir dinámica propia y tornarse trascendental, pero ya llega con un aplazo: no se aprobará el Código Aduanero Común.
Entre las múltiples razones de ese fracaso (como la difícil transición presidencial paraguaya), trascendió que la Argentina querría pautar en ese digesto que cada país se reserva la potestad de establecer derechos a la exportación dentro del bloque. En lo hechos, como advierte el presidente de la comisión del Mercosur en la Cámara de Diputados, Julián Obiglio, la Argentina ya practica esa unilateralidad hoy, porque aplica retenciones a exportaciones del campo hacia Uruguay y hacia Brasil, lo que va contra el Protocolo de Ouro Preto y del Tratado de Asunción. "Como ni siquiera cumplimos los tratados que dictamos, la integración regional no se concreta. ¿Las consecuencias? Este año, Brasil recibe 50.000 millones de dólares en inversión extranjera. La Argentina sólo consigue 1.000 millones de dólares", ilustra.
Sin embargo, el Parlamento del Mercosur eludió el abordaje de esta cuestión, porque esos acuerdos también se oponen a la fijación de derechos de importación, como los aranceles que protegen la industria azucarera tucumana del producto brasileño. Esa barrera, como se recordará, fue mantenida por la Cámara Alta en 2002 contra las pretensiones del entonces presidente, Eduardo Duhalde, en una sesión a la que no asistió el entonces senador José Alperovich, hoy gobernador kirchnerista.
Queda claro que si lo que va a callarse durante este encuentro diplomático es tanto o más importante que lo que se dice, se asiste, en realidad, a la bonita cumbre de los gestos vacíos. Y, entonces sí, es coherente que Tucumán sea la sede de la reunión. Porque esta provincia es la capital de la cáscara institucional. Para el caso, el viernes, en el recinto de Rivadavia primera cuadra, se expresaron brasileños, paraguayos y argentinos durante el período de Temas Libres del Parlasur. Pero cuando la Legislatura se reúne no pueden hablar los cinco legisladores opositores, porque los 44 oficialistas eliminan sistemáticamente las Manifestaciones Generales. Y para qué reparar en que, a la hora de la cena que empezó el viernes y terminó ayer, kirchneristas y antikirchneristas, tan públicamente convencidos de sus diferencias, en privado comen en la misma mesa.

"Ser" y "deber ser"
Acaso este divorcio entre formas y fondos es lo que hace que muchos, pero muchos amables tucumanos no vivan como una fiesta estos plenarios de representantes sudamericanos, tal como lo advierte un par de periodistas de medios nacionales. Y es aquí donde, en primera instancia, hay que pautar diferencias. Raya el maniqueísmo negar las ventajas de que estas reuniones se lleven adelante en esta provincia, tan necesitada de un mínimo prestigio, tan atravesada por la política de la domesticidad, tan mundialmente conocida por la veintena de niños que en 2002 murieron a causa del hambre y del hombre. Que el Parlasur saliera por primera vez de Montevideo para venir a Tucumán y que una decena de presidentes se den cita aquí son hechos trascendentales. Y, seguramente, adquirirán categoría de históricos para esta provincia.
El problema surge cuando ya no solamente los temarios de discusiones sino hasta los detalles de los preparativos terminan por vaciar todo lo que este hito, como gesto, representa. En criollo, una cosa es la Cumbre del Mercosur y otra es "esta" Cumbre del Mercosur. Y es justamente la desvinculación entre lo que "debe ser" y lo que efectivamente "es" lo que conjura contra cualquier clima de festividad.
Una cosa es que el Estado anfitrión deba incurrir en gastos para ponerse a la altura de las circunstancias, y otra es que esta provincia, tan llena de carencias, deba correr con todos los costos económicos porque la Nación no pone un peso, como lo reconoció el gobernador el jueves y como LA GACETA lo había advertido hace dos domingos. Las erogaciones, por cierto, sumarán mucho más que $ 10 millones, según confiesan en voz baja en la Casa de Gobierno. Y todo para mantener feliz al matrimonio presidencial, pareja con la cual fotografiarse ya no resulta tan cómodo como en 2007 a los efectos de las mediciones de imagen.
Más aún: una cosa es la cortesía de reparar en comodidades para los ilustres visitantes, y otra es que, según informadas fuentes del Poder Ejecutivo, la Provincia haya gastado $ 60.000 únicamente en los arreglos florales del hotel Catalinas Park para recibir a la Presidenta, tan gustosa de las rosas color salmón. Son barbaridades como esta las que muestran que, en realidad, la afirmación del gobernador tal vez inquieta porque está incompleta: va a haber fiesta, sólo que los tucumanos, a pesar de que la pagan, no están invitados.
Correlativamente, la líder patagónica y sus pares no van a encontrarse con una provincia empobrecida, enclavada en la más paupérrima de las regiones argentinas, sino con hoteles que derraman lujo, plazas y paseos de punta en blanco, una impecable Casa de Gobierno de estilo francés y el cuidado entorno de la Casa Histórica. Si a ello se suma el pronóstico de intrascendencia que se anuncia para el lunes y el martes en la Cumbre, cualquier tucumano tendrá derecho a suponer que, con todas las letras, asiste a una visita presidencial. Y es entonces cuando, en definitiva, lo que "es" se impone sobre lo que debiera ser. Porque, con ese itinerario, indudablemente habrá que coincidir en que "debe ser" que la provincia está hermosa, ya que limita al Norte con la calle Mendoza, al sur con la casona de la Independencia, al Este con el parque 9 de Julio y al Oeste, por supuesto, con el Palacio Gubernamental.
El oficialismo modifica las fronteras de la realidad. Tampoco es para sorprenderse. Para el caso, el Gobierno de Tucumán acaba de declarar que este martes, el 1 de julio, el día en que se conmemora el trigésimo cuarto aniversario de la muerte de Perón, va a ser un día de fiesta.
Es el alperovichismo y su tiempo.

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