En el teatro no hay ejemplos para seguir como sucede en el cine

El autor de "Popesku debe morir" cuestiona y reflexiona sobre las modas en los personajes protagónicos.

25 May 2008
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“POPESKU DEBE MORIR”. Los antihéroes son los que predominan en la obra. LA GACETA / INES QUINTEROS ORIO

“Frente a estas modas, particularmente norteamericanas, siempre es interesante cuestionarse antes: ¿Qué es un héroe? ¿Qué es un héroe para cada uno de nosotros?”, se pregunta el dramaturgo Guillermo Montilla Santillán.
“Siempre he pensado que un héroe es un hombre que antepone la causa común a la propia, el bien común al personal. Es difícil que Steven Spielberg sacrificando a un batallón completo por un solo hombre -en ‘Salvando al soldado Ryan’, por ejemplo- pueda siquiera vislumbrar la esencia del heroísmo. Por el contrario, Zhang Yimou, en su excelente película ‘Héroe’ nos enseña con maestría a otro tipo de héroe, con otros principios, con otras motivaciones, con otros cuestionamientos”, compara el director de “Popesku debe morir”, que se repone esta noche, a las 21, en El árbol de Galeano.

- ¿Por qué la dramaturgia se ha abocado a los antihéroes más que a los héroes?
- Es complejo de discernir y se me ocurren muchas posibles respuestas. Porque las modas estéticas actuales han deconstruido la imagen del héroe y porque pocos se atreven a ir en contra de las movimientos estéticos dominantes. También es posible que no tengamos en la actualidad ningún ejemplo de héroe al que aferrarnos para poder construir uno en la ficción y que hayamos aceptado con resignación que la figura del antihéroe sea la predominante y nos sumemos tranquilamente a esa terrible realidad. En “Popesku debe morir” los personajes son antihéroes, sin dudas, pero que un buen día deciden que no tienen otra opción que convertirse en héroes. Pobres desgraciados que se atreven -¡con qué descaro!- a jugar a ser héroes, con el anhelo de lograr una transformación social a cualquier precio, olvidándose de ellos mismos por el bien de una causa mayor, de una causa común. De igual forma en “El Jardín de Piedra” los tres primos Orvantes sueñan hasta la locura con ser Teseo, el Teseo que liberó a Atenas del Minotauro, un pueblo oprimido por la bestia.

-¿Se te ocurren ejemplos?.
El antihéroe es el antagonista, en la épica tradicional. El lado oscuro de la fuerza. Por eso, su imagen tan explotada en el teatro debería ser tratada como síntoma, un síntoma claro de la post-modernidad, que debería llevarnos a cuestionar: ¿este es el mundo que queremos? ¿estos son los personajes con que nos identificamos? Hoy por hoy la provincia lleva apresuradas y costosas refacciones estructurales porque un puñado de foráneos llegan de visita. No le interesa que su pueblo -el que lo votó- estuvo hasta este día sufriendo las calles en mal estado, o cualquier deficiencia que se trata de subsanar a cualquier precio. En este sentido, el pueblo no importa, importan unos pocos. ¿Qué mejor ejemplo de un antihéroe que este?


La épica de una derrota
Punto de vista. Por Leonardo Goloboff - Director, dramaturgo

En “Roberto Zucco”, de Bernard Marie Koltés, uno de los autores actuales más representados, el protagonista aclara: “no soy un héroe. Los héroes son criminales. No existen héroes que no tengan las ropas empapadas en sangre, y la sangre es lo único en el mundo que no puede pasar inadvertido. Es lo más visible del mundo. Cuando todo haya sido arrasado, y una bruma de fin del mundo envuelva la tierra, siempre quedarán las ropas de los héroes empapadas en sangre”. Por su parte, Bertolt Brecht repetía (cito de memoria): “desgraciado aquel país que necesita héroes”. Quien haya leído las declaraciones del autor alemán frente a la Comisión de Actividades Antinorteamericanas, la de McCarthy, advertirá la coherencia entre la astucia de su pensamiento y lo que declara, por cierto nada heroico (recordemos que siempre se había adherido al principio de “Soldado muerto no sirve para otra guerra”).
Pareciera que, desde Homero en adelante, se acabaron los héroes individuales, solitarios, iluminados. En el teatro, al menos, se ha operado una transferencia del concepto de aquella heroicidad al terreno del héroe colectivo, las más de las veces oscuro e indeterminado. La nueva épica ya no se ocupa del héroe clásico, aquel que lo afrontaba todo, inclusive la muerte.  Pensemos en Antígona, en Santa Juana, en Madre Coraje. Hoy es posible encontrarlas encarnadas en las Madres de Plaza de Mayo y en las Abuelas. Por otra parte, “personaje”, en teatro, no equivale necesariamente a “héroe”. Willy Loman, en “La muerte de un viajante”, la obra cumbre de Miller, es víctima de todas las limitaciones, las debilidades internas y las imposibilidades externas que le imponen las circunstancias sociales, ese nuevo rostro de los dioses griegos.
La historia de los nuevos héroes del teatro moderno es una historia de fracasos; es, por ahora, la épica de una derrota.

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