17 Mayo 2008 Seguir en 
E ste año, las celebraciones oficiales de la Revolución de Mayo se llevarán a cabo en la provincia de Salta. Anteriormente se habían realizado en Santiago del Estero y en Mendoza. Todo un acto de federalismo. Y si se concreta el tren bala, prontamente podrán efectuarse actos oficiales en Buenos Aires y El Calafate en el mismo día.
Y en especial si uno es Presidenta, “Salta, la linda” ofrece paisajes extraordinarios (además de un gobernador K, Urtubey) y aires muchos más diáfanos que los de la Catedral metropolitana donde el último primer mandatario que decidió escuchar el Tedéum lo hizo en 2006. Tampoco asistió a la tradicional apertura de la Exposición de Agricultura y Ganadería, en la Sociedad Rural. Una marca registrada que se trasladó al nuevo mandato de Néstor Kirchner, el de su esposa Cristina. Al igual que su predecesor, ella no concede reportajes ni conferencias de prensa, sino que hace anuncios, da alocuciones y discursos encendidos en actos públicos, donde desea ser escuchada y reconocida. Es lógico que aspire al mismo reconocimiento que logró su marido, como artífice de la recuperación económica del país luego de la feroz crisis de 2001 junto a una acertada política de derechos humanos. Pero cuando se trata de recoger beneficios, estos no se heredan sino que se logran.
Mayoría parlamentaria en ambas cámaras, mayoría de gobernadores e intendentes coyunturalmente K, oposición a la deriva, sindicalistas adictos y piqueteros a la orden, constituyen un canto de sirena difícil de resistir, una sensación de euforia y poder a prueba de balas. Todo ello llevó a pensar que si el manejo discrecional de la caja y el apriete sirvió para silenciar las críticas en el pasado (al fin y al cabo, Néstor cree que fue él quien se cargó a Menem y a Duhalde), también lo hará en el presente.
Con tanto poder, ¿quién desea escuchar la homilía del cardenal Bergoglio? Hay palabras presidenciales con mucho énfasis en las que falta un llamado a la reflexión y al diálogo.
La mención de los problemas sociales, de la pobreza, de la corrupción, del delito, de la inflación, del Indec, de la deuda externa o de la palabra campo con su efecto de kriptonita compiten en desventaja con los amenos discursos de Chávez, los negocios de por medio o en su defecto el reverendo Alegría, de los Simpsons.
¿Es lógico que la Iglesia cierre la boca y no se meta en asuntos políticos? Ya lo hizo durante mucho tiempo, y en especial durante los años de plomo de la Argentina. ¿Es lógico que la Iglesia mencione y se haga eco en el Tedéum de la situación del país, frente a la Presidenta? Ciertamente, si lo que se espera de ella es compromiso. ¿O debe poner la otra mejilla?
Respecto del Gobierno nacional, la idea de federalizar las fiestas patrias puede sonar atractiva e interesante. Pero el tiempo y el modo en que lo hace le quita en los hechos la credibilidad de las palabras.
Es este el principal problema que la doble presidencia enfrenta en la actualidad: hechos versus palabras. Realidad versus críticas. Pase de facturas y campaña contra quienes piden solución. Inflación creciente (hecho); anuncio de una canasta básica de alimentos que nunca llega a concretarse (palabras). Crisis energética desde el verano pasado (hecho); anuncio de que los porteros controlarán quién tiene aire acondicionado (palabras). Protesta del campo (hecho); son oligarcas de los 90 (palabras).
No, el bolsillo de la gente no necesita un psicoanalista. Y una homilía crítica no ofende ni clava un puñal a nadie. Sólo al poder, que tiene una particular sensibilidad por las palabras, especialmente las ajenas. El sol del 25 viene asomando por Salta, pero sin hechos, a las palabras oficiales se las llevará el viento (hecho). (Especial para LA GACETA)
Y en especial si uno es Presidenta, “Salta, la linda” ofrece paisajes extraordinarios (además de un gobernador K, Urtubey) y aires muchos más diáfanos que los de la Catedral metropolitana donde el último primer mandatario que decidió escuchar el Tedéum lo hizo en 2006. Tampoco asistió a la tradicional apertura de la Exposición de Agricultura y Ganadería, en la Sociedad Rural. Una marca registrada que se trasladó al nuevo mandato de Néstor Kirchner, el de su esposa Cristina. Al igual que su predecesor, ella no concede reportajes ni conferencias de prensa, sino que hace anuncios, da alocuciones y discursos encendidos en actos públicos, donde desea ser escuchada y reconocida. Es lógico que aspire al mismo reconocimiento que logró su marido, como artífice de la recuperación económica del país luego de la feroz crisis de 2001 junto a una acertada política de derechos humanos. Pero cuando se trata de recoger beneficios, estos no se heredan sino que se logran.
Mayoría parlamentaria en ambas cámaras, mayoría de gobernadores e intendentes coyunturalmente K, oposición a la deriva, sindicalistas adictos y piqueteros a la orden, constituyen un canto de sirena difícil de resistir, una sensación de euforia y poder a prueba de balas. Todo ello llevó a pensar que si el manejo discrecional de la caja y el apriete sirvió para silenciar las críticas en el pasado (al fin y al cabo, Néstor cree que fue él quien se cargó a Menem y a Duhalde), también lo hará en el presente.
Con tanto poder, ¿quién desea escuchar la homilía del cardenal Bergoglio? Hay palabras presidenciales con mucho énfasis en las que falta un llamado a la reflexión y al diálogo.
La mención de los problemas sociales, de la pobreza, de la corrupción, del delito, de la inflación, del Indec, de la deuda externa o de la palabra campo con su efecto de kriptonita compiten en desventaja con los amenos discursos de Chávez, los negocios de por medio o en su defecto el reverendo Alegría, de los Simpsons.
¿Es lógico que la Iglesia cierre la boca y no se meta en asuntos políticos? Ya lo hizo durante mucho tiempo, y en especial durante los años de plomo de la Argentina. ¿Es lógico que la Iglesia mencione y se haga eco en el Tedéum de la situación del país, frente a la Presidenta? Ciertamente, si lo que se espera de ella es compromiso. ¿O debe poner la otra mejilla?
Respecto del Gobierno nacional, la idea de federalizar las fiestas patrias puede sonar atractiva e interesante. Pero el tiempo y el modo en que lo hace le quita en los hechos la credibilidad de las palabras.
Es este el principal problema que la doble presidencia enfrenta en la actualidad: hechos versus palabras. Realidad versus críticas. Pase de facturas y campaña contra quienes piden solución. Inflación creciente (hecho); anuncio de una canasta básica de alimentos que nunca llega a concretarse (palabras). Crisis energética desde el verano pasado (hecho); anuncio de que los porteros controlarán quién tiene aire acondicionado (palabras). Protesta del campo (hecho); son oligarcas de los 90 (palabras).
No, el bolsillo de la gente no necesita un psicoanalista. Y una homilía crítica no ofende ni clava un puñal a nadie. Sólo al poder, que tiene una particular sensibilidad por las palabras, especialmente las ajenas. El sol del 25 viene asomando por Salta, pero sin hechos, a las palabras oficiales se las llevará el viento (hecho). (Especial para LA GACETA)
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