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Sábado 17 de Mayo de 2008
Opinión
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Una carta de un lector, las crónicas sobre la Feria del Libro que publicaron en LA GACETA tres intelectuales tucumanos que viajaron invitados por nuestro diario y las reflexiones de dos escritores de peso como Leopoldo Brizuela y Vicente Battista, que participaron del Mayo de las Letras, invitan a repensar conceptos tales como cultura y políticas culturales.
Hace unos días, el poeta Julio Carabelli criticó, en una carta de lectores, la ausencia de las autoridades del Ente Cultural en la apertura del IV Mayo de las Letras, y el escaso público en las actividades.
Con tono igualmente crítico, las crónicas de Carmen Perilli; de Rogelio Ramos Signes y de Dardo Nofal (cada una con sus matices) sobre la Feria del Libro transmitieron que la megamuestra que concluyó en Buenos Aires ya es más una oferta de las llamadas “dirigidas al “turismo del ocio” que un espacio destinado al núcleo duro de los lectores. Un espacio que con sus propuestas gastronómicas, espectaculares y marketineras atrajo este año a 1.2 millón de visitantes.
Otro punto de encuentro de los tres intelectuales viajeros fue su cuestionamiento a la política cultural provincial, la raquítica presencia de libros (que no se comercializaron) en el stand de la Provincia y la “invasión” de la oferta turística por sobre la oferta estrictamente cultural. Hasta aquí, el lector podrá interpretar que lo que le faltó al “Mayo....” en su semana inaugural (público) le sobró a la Feria. Sin embargo, lo que parece común es que no hay lectores. O los hay menos que antes.
A propósito de ese tema, Vicente Battista, escritor incuestionable de la época de oro de la producción cultural argentina ( parte de la mítica revista cultural “El escarabajo de oro”; premio Planeta 1995 por su novela “Sucesos argentinos”) le dijo a LA GACETA que evocar con nostalgia el tiempo pasado no sirve de nada; y que “de ninguna manera ha muerto el lector, porque si eso sucediera llegaría a su fin la literatura; y en esa hecatombe habría que incluir a todas las ramas del saber”. Antes que él, Leopoldo Brizuela había dicho que los años 90 fueron “años arrasadores en el campo cultural”.
Uno más optimista que el otro, Brizuela y Battista plantean lo mismo: ya no se puede “pensar” la cultura como se la pensó hace 40 años, cuando todavía había una diferencia marcada entre “cultura popular” y “alta cultura”, y los responsables de diseñar o de ejecutar políticas culturales nacionales -o provinciales- lo hacían en función de esa división tajante.
Hoy, esos cánones tradicionales han sido avasallados por la cultura mediática y hasta por la cultura universitaria, convertida en un productor importante. Entonces, no cabe duda de que hay nuevos agentes en el escenario del quehacer y de la producción cultural, además del secretario de Cultura de turno.
Este año, desde que estalló en la Provincia la polémica por el patrimonio cultural, Tucumán se convirtió en un permanente “disparen contra el pianista” (profesión del presidente del Ente Cultural Tucumán, Mauricio Guzman). Fue tan poco feliz el manejo que hizo el Gobierno sobre el tema, que las consecuencias políticas de esos errores se han hecho oír en Balcarce 50.
Pero el funcionario de turno no es el único responsable de que (un ejemplo) la calificada oferta del Mayo de las Letras - sus talleres y sus disertantes- sea desaprovechada por la comunidad. Al fin y al cabo, no sólo hay “cultura” (o ausencia de tal) en los teatros o en los museos, sino también en las escuelas, y en las universidades.
Tucumán tiene cuatro instituciones de educación superior; una de ellas, la UNT, supo tener hace años un digno stand en la Feria del Libro. Ya no lo tiene. Son omisiones, ausencias, decisiones, que muestran que no es fácil establecer políticas culturales en un mundo en el que ya no se sabe muy bien de qué hablamos cuando hablamos de cultura.