Pedalear en la ciudad de las marionetas

Análisis. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

27 Marzo 2008
Uno de los nue­vos en­can­tos de Lyon, la ciu­dad de las ma­rio­ne­tas, de los her­ma­nos Lumière y de Saint Exupèry, es re­co­rrer en bi­ci­cle­ta sus ca­lles. El mis­mo pla­cer que tie­nen des­de ha­ce mu­cho los ha­bi­tan­tes de Ams­ter­dam, don­de los ci­clis­tas re­co­rren las ca­lles em­pe­dra­das, jun­to a los ca­na­les, es­qui­van­do tran­vías, óm­ni­bus y au­tos.
 Lyon es de cir­cu­la­ción or­de­na­da y ri­gu­ro­sa. Los ci­clis­tas ex­tien­den la ma­no pa­ra gi­rar y res­pe­tan las nor­mas; Ams­ter­dam tie­ne un trán­si­to caó­ti­co y fe­bril co­mo si fue­ra una in­for­mal ur­be la­ti­noa­me­ri­ca­na: es ha­bi­tual que de­trás de un tran­vía pa­se un en­jam­bre de ci­clis­tas apu­ra­dos. Pe­ro hay es­ca­sos au­tos en el mi­cro­cen­tro, don­de es­ta­cio­nar vale un ojo de la ca­ra.
En las dos ciu­da­des hay un fer­vor por el pe­da­leo. Las bi­ci­sen­das es­tán mar­ca­das en ca­lles y ve­re­das y la gen­te ya se acos­tum­bró a es­tos tra­za­dos ur­ba­nos, al igual que en Ber­lín, Lon­dres y Se­vi­lla, en­tre otras ciu­da­des en las que el trans­por­te pú­bli­co fun­cio­na muy bien y don­de es ra­ro en­con­trar ba­ches en las ca­lles.
En Lyon, el Es­ta­do ha crea­do 368 es­ta­cio­nes de “ve­lòs”  (bi­ci­cle­tas) pa­ra al­qui­lar. El usua­rio de­ja una se­ña (con tar­je­ta de cré­di­to o de dé­bi­to) por el uso de la bi­ci, pa­ga muy po­co por el al­qui­ler, des­blo­quea el ve­hí­cu­lo, lo re­ti­ra de la es­ta­ción y lo pue­de de­jar en otra. La ciu­dad dis­tri­bu­ye ma­pas de las bi­ci­sen­das y de las es­ta­cio­nes. Y sos­tie­ne des­de ha­ce cua­tro años su apues­ta, re­po­nien­do los da­ños de los ván­da­los (que rom­pen los “ve­lòs”) y en­car­gán­do­se a dia­rio de aco­mo­dar los ro­da­dos en las es­ta­cio­nes, ya que es co­mún que los que han to­ma­do la bi­ci­cle­ta en la par­te al­ta de la ciu­dad la de­jen en el sec­tor ba­jo.
Los ho­lan­de­ses usan bi­ci­cle­ta des­de ha­ce mu­chos años y ex­plo­tan ese há­bi­to co­mo una va­rian­te del tu­ris­mo. Di­cen que la bi­ci com­ba­te la con­ta­mi­na­ción -por­que de­sa­lo­ja al au­to- y ayu­da a una vi­da sa­na, por el ejer­ci­cio. Y por­que hace que la ciu­dad ten­ga una ver­da­de­ra es­ca­la hu­ma­na.

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