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Martes, 11 de Marzo de 2008 07:51
MERCADO LABORAL

Postergar la tarea o las obligaciones hasta el último minuto puede ser fatal

El exceso de perfeccionismo o el temor al fracaso pueden llevar al trabajador a incumplir con los objetivos.
TODO PARA MAÑANA. Generalmente, muchos trabajadores adoptan la política del bombero, atendiendo la urgencia y no planeando a largo plazo.
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Según un estudio reciente, entre el 15% y el 20% de la fuerza laboral tiende a dejar para último momento una tarea porque le resulta poco placentera, ya que el que lo hace exhibe un exceso de perfeccionismo, el temor al fracaso o, sencillamente, porque posee una personalidad rebelde. Sin embargo, cualquiera sea la causa de postergar la obligación, de un modo habitual, hasta el último minuto puede ser fatal.
Una máquina que se traba, quedarse sin cartucho de tinta, encontrarse con que faltan hojas de papel de las mismas características a altas horas de la noche, trabajos que deben ser entregados a primera hora de la mañana y encontrar que nos faltan elementos para cerrarlo, suelen ser algunas de las posibilidades que pueden presentarse.
En principio, postergar es una actividad peligrosa para todos, porque siempre se paga un precio, y no solamente la persona que posterga, sino que también su entorno tiende a pagarlo; el costo de los errores por falta de tiempo para releer, corregir y mejorar, el costo de una presentación de menor calidad, o con menos prolijidad que la deseada, y los resultados consecuentes de esa acción, señala a LA GACETA Graciela Chamut, master en Dirección de Empresas. Posponer, trabajar al límite del tiempo, no mejora el rendimiento académico en los exámenes, no muestra mejores perfomances, ni permite trabajos de la mejor calidad.
"Es mejor programar las tareas y hacerlas con un margen de tiempo que nos permita sobrevivir a los imponderables sin riesgo de estrés", sugiere la experta en Recursos Humanos. Y eso queda demostrado con los resultados del día a día. "La posibilidad de manejarse con tiempos cómodos tiene que ver con objetivos generacionales, con cómo se marcan las prioridades y con la posibilidad de corrección para lograr la excelencia", indica Chamut.
Se trata de un ejercicio que requiere disciplina y capacidad de concentración, pero sobre todo fuerza de voluntad y conciencia de la importancia de la tarea que se realiza. "Darnos un tiempo razonable para las tareas, nos permite vivir en un ambiente laboral de concreciones y realizaciones, que permita trabajar y convivir generando un clima de calidad de vida en el trabajo", dice.
En este contexto, los investigadores consideran casi esencial que el trabajador aumente la confianza en sí mismo y en sus capacidades para efectuar la tarea encomendada, no al borde del plazo de vencimiento.
Otra sugerencia apunta hacia la capacidad de concentración, evitando la dispersión. Finalmente, ante tareas poco placenteras, el trabajador debe incrementar su motivación interna. En otras palabras, puntualizan los expertos en manejo de Recursos Humanos, hacer que el trabajo resulte más agradable, visualizando las recompensas que se obtendrán por él y minimizar las fuentes de distracción del entorno laboral.

Un cóctel de posibilidades

Si sabemos que es más com­pli­ca­do, ¿por qué se tien­de a pos­ter­gar cuan­do no es sen­sa­to ni con­ve­nien­te ha­cer­lo?, plan­tea Gra­cie­la Cha­mut. Es­tas son las al­ter­na­ti­vas.

Por di­fi­cul­tad pa­ra ele­gir al­go, cuan­do te­ne­mos mu­chas op­cio­nes y no nos de­ci­di­mos por nin­gu­na.

Por un sentimiento de in­ca­pa­ci­dad pa­ra ha­cer esa es­pe­cí­fi­ca ta­rea, du­das so­bre el re­sul­ta­do y te­mor a que no sea apro­ba­da.

Por no llegar a ver el lar­go pla­zo, y vi­vir su­mer­gi­dos en la in­me­dia­tez (cuan­do tra­ba­ja­mos más de bom­be­ros, cuan­do lo ur­gen­te no nos de­ja tiem­po pa­ra lo im­por­tan­te).

Por di­fi­cul­ta­des pa­ra la con­cre­ción, por lo mu­cho que cues­ta a ve­ces pa­sar de las pa­la­bras a la ac­ción, cuan­do nos fal­ta ofi­cio, cuan­do hay in­se­gu­ri­dad o de­sa­gra­do.

Por la percepción ge­ne­ra­li­za­da de fal­ta de tiem­po, de que las ho­ras se di­lu­yen.

Por el de­seo de vi­vir al lí­mi­te, y sen­tir que la adre­na­li­na nos ha­ce más in­te­li­gen­tes e in­tui­ti­vos, y que te­ne­mos me­jo­res re­sul­ta­dos en el cor­to tiem­po y con me­no­res es­fuer­zos.


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