06 Mayo 2007 Seguir en 
Somos lo que vemos en televisión. Este parece ser el axioma que proponen ciclos como "Gran Hermano" o "ShowMatch" que pretenden ser el espejo de una sociedad global en cambio constante. En los reality shows, la "tele" juega a reinventar la vida. Y esto no es poca cosa. Así, por ejemplo, en "Gran Hermano", la ley del mínimo esfuerzo se convierte en sinónimo de éxito. O aún peor. Aquel participante que traiciona, no es solidario, no se juega o muestra sus garras, es el que finalmente gana. La final del ciclo que se dirimirá mañana estará atravesada precisamente por estos antivalores. Y aquí radica lo más nocivo del juego. Al menos para la sociedad. Claro que "Gran Hermano" no es el único programa. También "ShowMatch" o "Cuestión de peso" utilizan la misma lógica: la del castigo en lugar del premio. Y esta perversión no está sólo en los jugadores. También el público la ejerce. Porque los que son eliminados no salen del juego por culpa de sus compañeros o del jurado. Se van porque fueron votados por el público. Es el público el que tiene la última palabra. El poder está en el espectador. Y va siendo tiempo que ese poder sea ejercido en forma real. No perversamente. Bregar por otra televisión es, entonces, comenzar a hacer uso de ese poder de una manera distinta. Afortunadamente, "Gran Hermano" y "ShowMatch" no representan toda la televisión. Son los programas con mayor rating, pero no de mayor calidad. En la grilla de canales hay verdaderas perlas. Ciclos que entretienen y divierten sin necesidad de exhibir strippers o ventilar la miseria de las estrellas. Son programas que no están en el horario central pero que igualmente pueden disfrutarse. Sólo hay que contraer el hábito de incorporarlos a la rutina diaria. Para bien de todos.









