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Martes 12 de Diciembre de 2006 | Análisis. Por Miguel Velardez - Redacción LA GACETA.
A principios de este año, el intendente Domingo Amaya soñó en convertirse en el primer candidato a convencional constituyente y su deseo se cumplió. Lo más importante, para él, era recibir el aval de la tribuna, a través del voto, lo que le permitió disimular el estigma de haber sido puesto a dedo en la intendencia.
Ahora sumó un nuevo sueño: lograr otro mandato. Ya entró en el escenario de la competencia, al obtener el consentimiento del gobernador. Reforzó su preparación para salir a escena. En Buenos Aires aceitó sus contactos en la Casa Rosada. Obstinado, pretende que su participación despierte la aprobación del gran jurado. Con ese propósito, infló el presupuesto que administrará durante el año electoral más importante de su carrera. Aplicó un aumento en las partidas que él mismo manejará. Con avidez, no descuidó a los concejales que recibirían un regalo navideño, porque ellos también tienen sus propias apetencias políticas. Amaya quiere la aprobación de los ediles para evitar cualquier resbalón sobre el escenario. Con armonía musical ensayó sus pasos con bastante antelación. Marcó su andar en la ciudad y sigue soñando con captar el voto del público.
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