Cospel de Oro: narrativa y poesía contemporáneas.

30 Oct 2017
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Cospel de Oro, Antología poética y narrativa, Minibus Ediciones, Tucumán, 2017.

Minibus Ediciones es una editorial independiente de Tucumán que surgió en 2015 a partir de un taller literario en el que se encontraron sus fundadores. Actualmente está integrado por Diego Font, Sofía Landsman, Joaquín Farizano, Nacho Jurao, Julián Miana y Tomás Elsinger. Ese mismo año editaron sus primeros libro, las antologías Cospel de Oro volumen 1. Les siguieron El Debut (Nacho Jurao, 2016) Jardín 16 (Antología Poética, 2016), Horas que pasé dentro del frasco antes de la mutación (Claudio Rojo Cesca, 2016) y Escala de Beufort (Julián Miana, 2016), todos de poesía.

            Entre los proyectos de la editorial se encuentra inaugurar un catálogo de narrativa con la publicación de dos colecciones de libros de cuentos de distintos autores.

Marcela Canelada, Ramiro Sanchíz, Fabio Martínez, Tomás Elsinger, Florencia Mettola, Denis Fernández, Mariana Salvatore, Walter Juárez , Ana Guía , Matías Moscardi.

            Este viernes 4 de noviembre lxs editorxs presentan Cospel de Oro, 2017, antología de poética y narrativa, y en esta edición compartimos dos textos reunidos en las antologías; el poema “Agua con azúcar” de Ana Guia, poeta salteña, y el relato “Adultos relajados” de la artista tucumana Florencia Méttola.

 

Agua con azúcar

Los gritos en la ventana / el fierro en una mano / agua con azúcar / los ogros bajo los troncos salieron / agua con azúcar / mis manos se volvieron agua / agua con azúcar / las muñecas ahogadas en la Barbie swimmingpool / Barbies de hospicio / los primeros besos llenos de baba / agua con azúcar / el castillo de la Bella y la Bestia / la Bella sin brazo / el castillo se despobló / agua con azúcar / la Sailor Soon descuartizada pegada con cinta en el placard de Brenda / historias de terror/ agua con azúcar / el vecino con riñonera / los ojos desorbitados del vecino con riñonera / agua con azúcar / vidrios rotos / frentes que sangran / agua con azúcar / los suspiros de Shrek mientras come sus galletas / mamá en yoga nocturna / agua con azúcar / bolso flúor de Mickey Mousse / por qué no te gusta Winnie Pooh? / agua con azúcar / tizas aplastadas / pantalones yutos / papá limpiando su rifle / agua con azúcar / el vecinito violento / lluvia de piedras / eco de pies pequeños trotando en la calle / agua con azúcar.

 

Ana Guia nació en Salta en 1995. Actualmente vive en Tucumán y es estudiante de Historia en la UNT. Empezó a interesarse por la poesía en el 2016 en el taller “Nuestro Iglú en el Ártico”. Su actividad es reciente dentro de la literatura, participando hasta ahora en el Festival Internacional de Literatura de Tucumán (FILT) y en un Café Literario del Centro Cultural Virla junto a Carlos Battilana y otrxs poetas locales. Ésta es la primera vez que es publicada.

 

 

 

Adultos relajados

“Entró en la casa que solía ser la suya. Lo hicieron pasar a una habitación. Después lo hicieron bajar por una escalera bajo tierra. Cada vez más profundo. Las paredes se cerraban. Las casas se ceñían a su alrededor como cubos de colores agrios de los que no podía salir. Los cubos empezaron a llenarse de cuerpos que se situaban cada vez más cerca y, cuanto más cerca estaban, más se multiplicaban, más descendían, más se cerraban las paredes, más escaleras bajaban. Todos tenían la piel morena y los ojos rojos. Camisetas sin manga, sucias. Las mujeres le gritaban. Empezó a intentar abrirse paso, pero todo era ocre. Le faltaba el aire y hacía calor. La humedad de los bichos de las paredes de tierra le llegaba hasta el cerebro. Intentó sacar una mano para liberarse, pero fue en vano.”

Un epígrafe

El doctor Goebbels le dice a Lucas S. que podemos programar nuestro cerebro. Ha escuchado esto diez mil veces. También que no tiene solución, o que tiene algo muy malo en la cabeza. Y cuando alguien dice esto baja la voz y dice algo más que termina en ‘ar’. Sale a dar su paseo diario por el vasto jardín de la residencia en la que está internada hace un par de meses, luego de que sus padres se separaran, pelearan por su tenencia y a ella le diera una crisis nerviosa. Dicen que no puede alterarse, que su estadía es su rehabilitación. Hace un tiempo, Lucas siente que cada una de sus frases, al menos en su mente, tienen el sonido de una isla de whisky en miniatura. Probó whisky con coca una vez.

A escondidas, en una de las paredes de su habitación, al costado de la cama, escribe algo que le sale de lo más hondo de su ser, aunque no sabe qué significa: me siento vacía como un perro. En ese momento, puede escuchar el andar del doctor Goebbels en el pasillo. Puede reconocer su forma de caminar, cómo abre las puertas y tararea canciones heavy metal que escucha con los auriculares a todo volumen.

Recuerda una discusión entre sus padres, después otra entre una de sus profesoras y su madre, después algo que dijeron unas compañeras del colegio sobre ella. Se pone a pensar que, si no hubiera estado ahí, esas conversaciones nunca hubieran existido.

Lo que más le  gusta  de  la  residencia es  que  puede  hacer lo que quiera y no aburrirse, sobre todo porque puede andar todo el día de short y remera, con el  pelo revuelto, y  porque  le gusta que  los  asientos tengan olor  a  humedad después de la lluvia; la casa parezca cada vez más alejada de la ciudad, perdida; la envuelvan las lianas y las plantas de  todo  tipo, que por dentro, el abandono y la vejez de los muebles, acentúen la idea de que la casa no pertenece a ese lugar, sino a una montaña o selva, en última instancia, al campo, y que  no  tenga nada que ver con el piso 16 al que acababa de mudarse con su madre después de que sus padres se hubieran separado y dicho cosas horribles el uno al otro.

Lucas saca las manos de los bolsillos. Es bastante alta para su edad, tiene casi un metro ochenta y tan solo catorce años. Tiene el pelo largo y ondulado. Lo usa hacia el costado y a veces le cae un flequillo sobre la frente. Parada en la puerta de la residencia, mirando la nada, uno podría estar convencido de que es lo más inocente y bueno que uno haya visto.

El tiempo estaba partido en muchos pedazos que se habían desperdigado. No sabía qué día era ni qué mes. El tiempo estaba atravesado por distintos estados de ánimo, era como un reloj tirado en el piso. Su tarea era estar lejos de todo y no alucinar con nada. Por lo general, ocurría lo primero, no así lo segundo.

Durante las horas de esparcimiento, que la mayor parte de las veces estaban repartidas entre la mañana y la tarde, Lucas paseaba por el campo agreste que rodeaba la casa, a veces andaba en bicicleta, eso la tranquilizaba; después tomaba un té con leche. La leche era de una vaca que había en la residencia. Ella misma la ordeñaba, era como su mascota. También había un chanchito, que a veces le daba impresión y otras le inspiraba un afecto tan intenso que no paraba de apretujarlo. En esos momentos, el chanchito trataba de liberarse y chillaba como un niño.

 

El doctor Goebbels venía caminando cual zombi. Realmente parecía que algo le había chupado la vida y, que en vez de fumar un cigarrillo por vez, tenía varios en la boca, al mismo tiempo. Pesado y lento, con la cabeza cuadrada como Frankenstein, seguía siendo un chico lindo, aunque el alcohol, las pastillas, una barba entrecana y las constantes recaídas lo habían ido dominando. Cuando Lucas levantaba la cabeza para verlo, desde la silla de ruedas en la que solía pasearse desde su habitación hasta el consultorio del psiquiatra, estiraba la mano hacia el guardapolvos blanco de Federico, como si quisiera atraparlo, casi hasta tocar el delantal, pero no lo hacía, solo dejaba unos instantes la mano así, quieta, y después se la ponía en el pecho durante unos segundos, del lado del corazón, dando a entender que él era el dueño de ese órgano. El doctor Goebbels sonreía frente a esta acción y le preguntaba: ¿qué está tramando, Lucas?

El incidente con la mariposa de la noche fue el primer signo de extrañeza. El insecto había entrado a su habitación y después había tratado de escapar. Lucas dormía cuando escuchó un golpe que la sobresaltó. Tal vez lo entendió como una señal. Prendió la lámpara. Se levantó, no encontraba nada. El bicho revoloteaba nervioso en el techo. Trató de atraparla sin hacerle daño, pero este se resistía y aleteaba más. En uno de los largos intentos que hizo para echarlo de la pieza sin las- timarlo, le cortó un pedazo de ala. Casi se larga a llorar de la angustia. Cuando por fin logró agarrarla, la mariposa ya no podía volar y forcejeaba. Era muy grande, más de lo que había imaginado. Se preguntó si era macho o hembra mientras le pedía por favor que se quedara quieta, que solo la quería sacar de la habitación, le decía que no la quería matar. Final- mente logró echarla, viva, aunque su principal habilidad ya no funcionara. El insecto se metió debajo de un mueble que había en el pasillo de la casa. No había nadie despierto. El pasillo estaba completamente a oscuras. La dejó ahí y se fue a dormir, muerta de miedo.

La madre de Lucas se ha puesto a clavar unos cuadros en las paredes del piso 16 para fumar menos.  Mientras sostiene la engrapadora observa el paisaje desde la ventana de la cocina: un montón de techos, antenas, paredes, cúpulas y ladrillos llenos de moho. Siempre le llamaron la atención los techos. Suena el teléfono, es el doctor Goebbels, dice que Lucas ya puede volver a su casa pero que para él no ha mejorado demasiado.

‒¿Cómo que no ha mejorado demasiado? ¿Hablaste con el padre?

‒Sí, pero me dijo que no va a poner un centavo más si su hija está cada vez peor. Dice que la última vez que la vio le hablaba como si fuera un animalito, o directamente desviaba la vista hacia el monte.

‒Pero está haciendo un tratamiento para eso.

‒Sí, pero eso no significa que le vaya a cambiar la vida, tampoco.

Lucas sale de la residencia. Lleva un cuaderno y una mochila. La busca su madre. Parece contenta. El doctor Goebbels tiene cara de preocupado. Le dice a Lucas que no olvide seguir las indicaciones. La madre la abraza.

Cuando Lucas llega al piso 16, deja la mochila en una silla y el cuaderno arriba de la mesa. Abraza a Hannah, la perra, durante largos minutos. Esta le lame la cara, el pelo mal cortado y un poco sucio, los ojos. Luego de esta bienvenida se sienta a jugar a la Play. Dispara en el vacío de la pantalla de su mente. Se levanta y se sirve un vaso de coca y un plato de galletas dulces. Sigue jugando un rato más sin ningún interés. De repente, siente un golpe en la cocina, Hannah ladra al aire. Lucas tiene el corazón en la boca. Su madre le ha dejado un teléfono celular para que estén comunicadas. Mira el celular, un smartphone común y corriente, desliza su dedo por la pantalla manchada de huellas digitales. Aún no se anima a levantarse del sillón. Se escuchan suaves los disparos del Call of Duty a través de los auriculares. Tira el celular en el sillón de al lado, vuelve a escuchar un ruido extraño, pero esta vez no necesariamente un golpe. Hannah vuelve a ladrar. Mira la pantalla y pone en pausa la Play. Hannah deja de ladrar y va hacia la cocina moviendo la cola.  Lucas se levanta. Escucha el jadeo de unas bolsas. Cuando llega a la puerta de la cocina sale su padre y le dice: ¡Hola Lucas! ¡Hija querida! ¿Te asustaste? Te vi tan concentrada jugando.

Lucas se desmaya.

Segundos antes de quedar inconsciente ve pasar una mari- posa de la noche, a la que atraviesa una bala del Call of Duty.

Está vestida con la misma ropa que lleva puesta hace días en su casa: un pantalón de jean, una remera grande y unas zapatillas Converse. La amiga que la fue a buscar le pinta un poco los ojos y le arregla el pelo con una traba. Esa amiga es casi todo lo opuesto a Lucas, pero ve en ella su misión. En el boliche, un montón de hombres y mujeres bailan y beben en la oscuridad. Hay gente de todas las edades, pero no se puede ver nada ni a nadie con claridad. Lucas parece tranquila, parada en un rincón, tomando un vaso de coca con hielo y casi sin gas. Mira las luces cruzar la pista, escucha las voces hablando dando alaridos, a lo lejos, como un arroz pasa-  do, grumoso. Ve la boca de su amiga moverse al lado de las orejas de otras tres compañeritas, estas saltan y miran hacia un costado, donde hay un chico. En ese momento lo ve, casi imperceptible, por primera vez con tanta claridad. Pasa por detrás del chico. Casi deja caer el vaso, pero se contiene. Los ojos se le nublan del terror. Logra dominarse y salir afuera. La amiga viene por detrás. Le pregunta si está bien, si le ha pasado algo. Lucas le dice que nada le ha ocurrido y que solo ha salido a tomar aire. Le dice que regrese a la pista, que ella se va a quedar afuera un rato.

Apoyada contra una pared mira un árbol que sobresale en el patio del lugar. El mismo chico que miraban sus amigas sale a fumar. Se acerca a pedirle un cigarrillo. El chico la mira como a un bicho raro, como es obvio que un chico la miraría, según el resto del universo. No le importa y le pide un cigarro igual. Él le pregunta si quiere fuego. Ella le dice que sí. Se pone el cigarro en la boca y él acerca el encendedor. Da una seca. Tose un poco. Él la mira y le dice que es rara, pero bien, ‘rara bien’. Ella lo mira sin decir nada. Vuelve a ver, en una fracción de segundo, detrás del chico, en el intersticio que existe entre los hombros y el cuello, algo pasar como una luz espesa. Se contiene nuevamente y se aleja. Él la sigue y le pregunta si está bien. Ella le dice que sí, que debe ser el cigarrillo, porque nunca antes había fumado. El joven sin nombre le quita el cigarrillo de la mano mientras se lo lleva a la boca. Lo hace con una suavidad inaudita. Lucas queda sorprendida, con la boca abierta. En ese momento, aparece su amiga, toda furiosa, preguntando qué hacían. Lucas dice que se va a su casa y empieza a caminar hacia la puerta de salida. La amiga, a la que ya se le olvidó su misión, se queda haciéndole reclamos al chico en cuestión, elevando la voz a cada paso queda Lucas hacia la puerta que da a la calle. Esta no mira hacia atrás. En la vereda del bar, vuelve a ver esa fracción de luz en un segundo y la sigue.

De repente, está en su casa del piso 16, acostada en su propia cama.

 

Reporte de Lucas S. para el doctor Federico Goebbels después de su salida con la amiga misionera

“lo primero que vi fue cómo abrían a un tipo desde la panza hasta el cuello con una espada. La sangre salía a borbotones, el tipo hacía: ¡aaarrrrghh! Y se agarraba la garganta, pero ya no había solución. Después lo vi en un videojuego, me decía que lo mejor era matar con absoluta frialdad, y disparaba, como un francotirador.”

 

Conversación de los padres de Lucas

‒Yo no puedo cuidarla.

‒Claro, porque yo tengo el tiempo del mundo.

‒Pero vos trabajás en el negocio de tu papá, yo me tengo

que romper el lomo.

‒Pero trabajo igual, ¿qué sos boludo?

‒No empecés a insultarme.

‒Vos empezaste primero.

‒Todo el mundo dice que es rara, que parece un chico, que

parece aquello.

‒La gente es mala. Es nuestra hija. No podés hablar así.

 

La mujer que realiza los quehaceres domésticos del piso 16 ha salido. La perra Hannah duerme.

Lucas le da un par de palmadas. Luego pasea por el departamento vacío, frío y desolado. Vacío:  se habían mudado a ese departamento nuevo hacía poco tiempo. Frío: el aire acondicionado estaba prendido todo el día en 19º. Desolado:  no había nada más que se moviera entre esas paredes recién pintadas de blanco. Lucas se acuesta. Cerca de las nueve de la noche empieza a soplar un viento fortísimo, que se estrella contra las puertas de vidrio del balcón. Una de esas puertas se abre y se cierra estruendosamente. Lucas se despierta asustada. Llama a Hannah, pero Hannah no aparece. Se levanta a tientas. En medio de la penumbra, Lucas sabe cómo sigue la historia.

 

Florencia Méttola nació el 22 de junio de 1981 en San Miguel de Tucumán, donde vive. Es escritora, traductora, artista visual, compositora, cocinera y DJ. Sus textos han sido publicados por editoriales independientes como Brillovox, Gato Gordo, Charqui, Rusia/galería (Archipiélago), entre otras. Desde el 2009 lidera la banda de rock indie Florencia y los monos de la odisea del espacio, con la que sacó un primer disco largo homónimo en 2013 y un EP en 2016 llamado Objetos encontrados después de un entierro. Actualmente forma parte del sta- ff de TAMAÑOFICIO, donde da un taller de escritura creativa, y realiza una tecnicatura en traducción en el Instituto Cultural Argentino de Lenguas Vivas (Instituto ANGLO, de Tucumán). Su libro Deseo y decepción obtuvo una men- ción en el Primer Concurso Nacional de Poesía EMR 2017.

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