Sexo y relajación

18 Abr 2015
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cieloalatierra.wordpress.com

“Relajate” es una sugerencia que hemos dicho y recibido más de una vez. Y es que muchos vivimos a las corridas, “a mil”. Ansiosos, estresados, con una lista larga de “tengo que”, donde algunos ítems prioritarios pueden llegar a esperar meses. El precio de hacer de este ritmo un estilo de vida no tarda en aparecer, en forma de síntomas de todo tipo: dolores de cabeza, problemas digestivos, reacciones de la piel, contracturas musculares, sobrepeso o extrema delgadez, cansancio, irritabilidad, insomnio, olvidos, ataques de pánico, trastornos del estado de ánimo, entre muchos otros. La sexualidad, por supuesto, no escapa al impacto de las tensiones diarias.

En este sentido, si bien las causas de las disfunciones sexuales son múltiples, un factor presente en casi todas ellas -como causa y efecto al mismo tiempo- es la imposibilidad de lograr un estado de mínima relajación. Las dificultades para excitarse, para llegar al orgasmo, la eyaculación rápida, el dolor coital… todos los que sufren estos y otros impedimentos suelen ser -en esta materia, como en los demás ámbitos de su vida- menos relajados. Piensan, tratan de no pensar, se esfuerzan por “durar más”, esperan tensos el dolor, intentan controlarlo, concentrarse, se preocupan, y así. Lógicamente, estados de tensión semejante nada tienen que ver con lo erótico y con el placer. No viene mal, entonces, conocer e incorporar la práctica regular de alguna de las muchas técnicas que existen para aprender a relajarnos.

Relajación profunda

Para implementar esta técnica es necesario contar con un margen de unos treinta minutos en los que nada ni nadie pueda interrumpirnos. Si es posible, es aconsejable preparar el cuerpo con un baño de inmersión o una ducha, música suave o cualquier otra cosa que nos resulte relajante. En ropa interior o con prendas cómodas, descalzos/as, sin reloj ni anteojos, anillos, cintos o pulseras. Es decir, despojados de todo aquello que pueda apretarnos o incomodarnos. La temperatura del ambiente y la intensidad de la luz también deben ser las adecuadas para sentirnos a gusto.

Nos acostamos o sentamos en una superficie -utilizando almohadones si es necesario- en la que el cuerpo quede apoyado y libre de tensiones. Dejamos que los brazos y las manos reposen. Reclinamos la cabeza y la apoyamos, permitiendo que los músculos del cuello se distiendan. Cerramos los ojos. 

El ejercicio consiste en ir localizando progresivamente cada parte del cuerpo, desde la cabeza y la cara hasta los pies, en dos sencillos pasos: primero contraemos durante algunos segundos, y luego soltamos. Es importante que al contraer nos concentremos en la tensión de ese grupo de músculos: su rigidez, la sensación de presión, de tirantez. Y que, al soltar, apreciemos la diferencia: la sensación de alivio, de laxitud, la calma que inunda de pronto esa zona en particular.

Cejas, frente, cuero cabelludo. Ojos, nariz y mejillas. Labios, boca y mandíbula. La nuca y el cuello. Luego de contraer y relajar las diferentes partes que integran cara y cabeza, notaremos que están más sueltas y relajadas. Tomarse unos segundos para disfrutar de esa sensación, y respirar profundamente.

A continuación, hacer lo mismo con las otras áreas del cuerpo: las manos, las muñecas, brazos y hombros. La espalda, el pecho y el estómago. Las caderas, la pelvis, las nalgas. Los muslos y pantorrillas, los pies y sus dedos. Luego de abarcar cada zona, es importante detenerse para tomar contacto con el estado de relajación logrado y hacer la respiración profunda, antes de continuar.

Se trata de un ejercicio que se va perfeccionando con la práctica (y que está, de algún modo, vinculado a la práctica de la meditación). Una dificultad frecuente para los que se inician -y para cualquiera, en cada sesión- es observar, como quien mira un río, los mil y un pensamientos que se agolpan en la mente y simplemente dejarlos pasar, sin detenerse en ninguno. Incorporar esta costumbre a nuestra rutina, al menos un par de veces por semana, reporta beneficios constatables tanto a la sexualidad como al resto de las áreas vitales.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.