15 Jun 2013
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Gentileza de http://www.mirartegaleria.com/

Como sabemos, es "virgen" quien nunca ha tenido relaciones sexuales. Aplicable tanto a hombres como a mujeres, este término tradicionalmente se lo ha asociado al género femenino. Quizás porque, a lo largo de la historia y las culturas, abundan los testimonios que revelan cuán valorada era esta condición en la mujer.

Y aunque en la actualidad muchos consideren que se trata de algo sin demasiada importancia, numerosas culturas continúan tomándose el asunto muy en serio. Lo mismo que aquellas personas, familias o grupos que están decididos a no plegarse a los mandatos postmodernos que alientan a la actividad sexual y sospechan de la abstinencia.

La prueba del delito

El "himen" -membrana ubicada en la apertura vaginal- es considerado por muchos la prueba física de la virginidad. Sin embargo, es un indicador poco confiable: suele ser bastante frágil y puede romperse al realizar actividades que nada tienen que ver con lo sexual (andar a caballo o en bicicleta, por ejemplo). En el otro extremo, algunos son tan resistentes como el cuero, llegando a requerir cirugía. También están los sumamente elásticos, tanto que se mantienen intactos aún luego de las relaciones (se les ha llamado "hímenes complacientes").

Es curioso: la presencia de esta membrana parece ser exclusiva de las hembras humanas.

Otras pruebas

A lo largo de los tiempos, se han buscado otras maneras de comprobar la virginidad (por no ser el himen un indicador seguro). Los incas, por ejemplo, creían que el aliento de una virgen podía encender un fuego moderado (mientras que el de una no-virgen podía apagarlo).

Según el Talmud, una prueba efectiva consistía en colocar a la mujer cerca de una botella abierta de vino: si este aroma contagiaba su aliento, no era una virgen.
En China, la sangre de las mujeres castas se consideraba dotada de virtudes mágicas y se creía que sus manchas resultaban indelebles.

En la Europa medieval, se pensaba que los instrumentos musicales desafinaban cuando se acercaba una chica desvirgada. Las vírgenes eran capaces de pescar salmones con las manos, de sujetar a un toro por la cola previamente engrasada, de atravesar el fuego sin quemarse, de sostener sin peligro una serpiente venenosa con las manos. Se les atribuía el don de ser inmunes a las abejas. Y también una notable hipersensibilidad: tan sólo una pluma colocada en el umbral de la puerta era suficiente para hacerlas sonrojar.

Los científicos, por su parte, enunciaban ciertos signos asociados a la pureza de las doncellas: los médicos italianos del siglo XIII sostenían que la orina de una virgen era siempre clara y brillante, y que durante la micción producía un sonido particularmente intenso y agudo.

Sangre virginal

Histórica -y erróneamente- se ha vinculado la hemorragia en la relación sexual con la virginidad. De hecho, aquello de manchar las sábanas en la noche de bodas está presente desde los tiempos bíblicos. En el Deuteronomio se establece que en los casos dudosos, la manta ensangrentada podía entregarse a los ancianos de la ciudad para ser inspeccionada. Si la acusación resultaba ser falsa, el padre de la novia debía recibir cien monedas de plata; de lo contrario, se le condenaba al destierro y a la joven, a morir lapidada "por haber cometido una infamia en Israel prostituyéndose en casa de su padre".

En las zonas rurales de Marruecos un matrimonio no se considera legal hasta que las sábanas manchadas son expuestas en público. Y antiguamente, algunos musulmanes de la India insistían en el desfloramiento público para asegurarse de que la novia era virgen.

Obviamente, para salir victoriosas de estos exámenes, las mujeres se hicieron maestras en recetas caseras y artilugios diversos para asegurarse la presencia de sangre.

Ser el primero

En algunas culturas, el desfloramiento de una chica era considerado un asunto delicado, por lo que era preferible dejarlo en manos de otros (un sirviente, por ejemplo). Es que se pensaba que el contacto con la sangre de una virgen traía aparejada impotencia o enfermedades.

Y así como la castidad matrimonial ha sido -y es- para muchos un requisito sagrado y fundamental, otros varios se sitúan justo en las antípodas: los indios de Quito y los hombres del Tíbet nunca se casan con una virgen si pueden evitarlo, y las chicas tienen -orgullosas de ello- numerosos amantes antes de casarse.

Por el contrario, en Europa se creyó durante décadas que mantener relaciones sexuales con una mujer virgen era un remedio efectivo contra las enfermedades venéreas. Los antiguos chinos, por su parte, aseguraban que esta práctica prolongaba la vida. Tal vez por eso sentenciaron que "un hombre tiene la edad de la mujer que ama".

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.