El sexo como sustituto

08 Jun 2013
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Gentileza de tunaturalezaes.blogspot.com

Las razones por las que una persona tiene relaciones sexuales no siempre son tan obvias. Y aunque la lógica nos haría pensar en la búsqueda de placer, las ganas de demostrar afecto, de acercarse más íntimamente al otro o de comunicarse con él de una forma especial, a nivel inconciente suelen intervenir también otras cuestiones. 

Del mismo modo que ocurre con la comida o las compras compulsivas, el sexo es utilizado muchas veces para mitigar o enmascarar problemas psicológicos subyacentes o necesidades emocionales insatisfechas, que encuentran dificultades para ser tramitadas de otra manera. En estos casos, el encuentro sexual se convierte en un sustituto que, a través del placer físico, calma temporalmente el sufrimiento. 

Una droga natural 

Este mecanismo de sustitución bien puede tener una base biológica. Un estudio sugería que algunas personas buscan reiteradamente tener relaciones sexuales porque tienen un bajo nivel de PEA en el cerebro. Esta sustancia química -llamada feniletilamina- funciona como neurotransmisor y al parecer crea sentimientos y estados de ánimo de excitación y una actitud alerta. Los niveles elevados de PEA producen una sensación de "euforia" idéntica a aquella que la gente describe cuando está enamorada. Y que sería la que se intenta reeditar por vía sexual. 

Por otra parte, sabemos que al hacer el amor se liberan en nuestro cerebro unas sustancias químicas muy potentes llamadas "endorfinas". Similares por su estructura química a opiáceos como la heroína y la morfina, surten un gran efecto analgésico, calmando el dolor y produciendo al mismo tiempo una sensación de bienestar. Así planteado podría decirse que cuando las personas buscan en el sexo un remedio contra la desazón, es como si se estuvieran "drogando" con endorfinas, como lo hacen los heroinómanos. 

Rápido alivio 

Es probable que nadie esté exento de haber utilizado en más de una ocasión el sexo para sentirse momentáneamente reconfortado. Es bastante común, por ejemplo, que el día del velorio de un ser querido, algún "deudo" devastado, buscando refugio, consuelo y cercanía afectiva, termine en la cama con alguien. Aún más curioso es lo que ocurre en tiempos de guerra: las personas -contrario a lo que podría pensarse- buscan más hacer el amor, acaso como una forma de aferrarse a la vida y combatir la angustia frente a tanto dolor y muerte. Lo que con frecuencia se intenta sustituir a través de las relaciones sexuales puede tener que ver con diversos sufrimientos y necesidades emocionales. La baja autoestima, la soledad, la autorreprobación, el sentimiento de no ser deseable, la necesidad de aceptación o de amor son algunos ejemplos del dolor que pretende atenuarse mediante el sexo. El placer sexual puede aparecer también como un rápido alivio para la angustia provocada por ciertos problemas circunstanciales (un inconveniente en el trabajo, por ejemplo), o de más larga data: cuando, por temor a una separación, los miembros de la pareja buscan hacer el amor para evitar hablar acerca de su relación. 

Alivio temporario 

Si bien hay quienes utilizan el sexo para sobrellevar el dolor causado por una circunstancia coyuntural, otros lo hacen de manera reiterada. Sin embargo, lamentablemente es difícil que profundas necesidades emocionales encuentren verdadera, plena satisfacción en el sexo. Porque sustituirlas es sólo otro recurso para ignorarlas. No desaparecen, sino que quedan allí, esperando ser afrontadas. De hecho, el efecto es muchas veces un boomerang: estas necesidades se intensifican, se enfatizan, y la persona en cuestión termina sintiéndose peor consigo misma. Ocurre que, pasado el momento fugaz de placer, el desasosiego vuelve a aflorar: ya sea abiertamente como depresión, o solapadamente en forma de insensibilidad. Por eso, observar el "después" del sexo constituye un buen termómetro para estimar cuán genuinos y saludables fueron los móviles del encuentro. ¿Nos sentimos satisfechos, plenos, invadidos por una sensación de amor y mayor intimidad con el otro? ¿O sólo se hace presente la tristeza, la frialdad, el vacío, una mayor soledad? Es bueno ser valientes para responder con honestidad a estas preguntas.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.