18 May 2013
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Gentileza de vivirsintimidez.com

La autoestima -tan invocada en estos tiempos- se refiere a la percepción que tenemos de nosotros mismos en todos los aspectos: personalidad, comportamiento, capacidades, rasgos físicos, etcétera. Mirada que nos conduce necesariamente a evaluar hasta qué punto somos seres valiosos y, por consiguiente, queribles y deseables por otros.

Puesto en términos corrientes, los psicólogos con frecuencia escuchamos a nuestros pacientes decir "mi problema es que yo no me quiero", "no me valoro", "soy muy inseguro/a". De hecho, se trata de uno de los principales motivos por los que las personas acuden a pedir ayuda psicológica. Sin duda, advierten que es un asunto relacionado muy estrechamente con sus sufrimientos y con los conflictos presentes en sus vínculos más significativos.

El problema de la baja autoestima está muy acentuado en algunos, mientras que otros parecen vivir justo en la frecuencia opuesta: basta escucharlos un rato para percibir la seguridad y la confianza que se tienen, lo mucho que se priorizan y aprecian. Pero la verdad es que, en diferente grado y aunque no siempre se note, todas las personas tenemos ciertos "agujeros" en nuestra autoestima. Nadie se salva del todo de esta situación. ¿Por qué? Ocurre que los padres, aun los más sanos y mejor intencionados, siguiendo un antiquísimo patrón, suelen basar buena parte de su tarea de educadores en corregir los aspectos "negativos" de sus hijos. Incluso en los hogares más funcionales y afectuosos, es común que los niños reciban más señalamientos acerca de lo que están haciendo mal, que connotaciones positivas. No es que los padres no vean lo bueno de sus hijos; el problema es que -lamentablemente- no suelen tener la costumbre de poner allí el acento. Y esto pasa también en la escuela. ¿O acaso es común que la maestra llame a los padres simplemente para compartir con ellos los rasgos positivos que ve en el chico? Es más probable que los convoque para referirse sobre todo a lo deficitario de ese alumno, a lo que es necesario ajustar.

De manera que, en más o en menos, la mayoría de nosotros crecemos con bastante conciencia de nuestros defectos. Somos un poco bajos (o demasiado altos); tendemos a engordar; nuestro pelo sería más lindo si fuera diferente; sería mejor que fuéramos más prolijos, más buenos, más considerados, más estudiosos o inteligentes, menos tímidos, más hábiles para un deporte. Y la lista del vaso mitad lleno está, por lo general, un poco más difusa.

¡Quereme!

Es evidente que si una persona no se considera suficientemente valiosa y digna de afecto, aparecerán desajustes de todo tipo en sus vínculos, en especial -es lógico- en el de pareja. El que no se quiere -siempre agradecido por lo poco o mucho que quieran darle- puede llegar a tolerar mucho más de lo que debería: indiferencia y descuido por parte del otro, una relación insulsa y poco gratificante, infidelidades recurrentes, excesivas críticas y reclamos; y violencia física y/o psicológica en los casos extremos.

Del mismo modo, al que se siente "menos" le resulta difícil recibir amor. Siempre está, en el fondo, desconfiando, incrédulo de que el otro verdaderamente lo aprecie. ¡Es que hay tantos allá afuera más dignos de afecto que él! Ahí se origina el temor a ser abandonados que estas personas por lo general sienten, de manera más o menos consciente, y bajo diferentes "disfraces": celos exagerados, conflicto permanente, reacciones desmedidas, actitud demandante son algunos de los muchos ejemplos.

Como es de esperar, el plano sexual se resiente junto con la autoestima. Ocurre que es casi imposible jugar a seducir, actuar con espontaneidad, divertirse y conectarse con el placer -y con el otro- en medio de la inseguridad y de la falta de confianza en uno mismo. Por eso, no es nada raro que con este clima interno aparezcan las disfunciones: que descienda el deseo, que se presenten problemas eréctiles, que se haga difícil llegar al clímax, entre otras dificultades.

Qué gran evolución sería la de tomar real conciencia -y transmitir esto a los que están creciendo- de la importancia de tratarnos a nosotros mismos con el amor, el cuidado y el respeto que sólo por el hecho de ser humanos, merecemos.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.