El arte de convivir
Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Esta sentencia alude sobre todo al hecho de que casarse significa -salvo contadas excepciones- iniciar una convivencia. Y esta particular experiencia, sin duda una gran oportunidad de aprendizaje y crecimiento, representa al mismo tiempo un peligro potencial para la relación de pareja: lo rutinario de la vida doméstica, el acostumbramiento a la presencia del otro, el compartir objetos y espacios físicos, las inevitables renuncias y los efectos no deseados del paso del tiempo, conducen -si nos dejamos estar- a que la pasión y los sentimientos se debiliten.
Amigos íntimos
El famoso psicólogo norteamericano John Gottman (foto), profesor e investigador experto en parejas, postula que lo que hace que un matrimonio -o una pareja- funcione es muy sencillo: entre sus miembros existe una profunda amistad que impide que los pensamientos y sentimientos negativos sobre el otro -que siempre van a existir- ahoguen los positivos. Y propone una serie de principios orientados a cultivar el vínculo en este sentido.
En primer lugar, resulta fundamental conocer íntimamente el mundo del otro. Para esto hay que estar bien atentos… y abiertos al diálogo. Se trata de un proceso que nunca termina, que está hilvanado como posibilidad en cada nuevo día que comienza. Es curioso cuántas personas no tienen idea de elementos clave en la vida de sus compañeros. También están los que permanecen herméticos, sin compartir nada demasiado importante o profundo sobre sí mismos con aquel con el que duermen todas las noches. Es difícil amar de veras a una persona que no conocemos. Y al mismo tiempo, no hay nada que nos haga sentir más amados que sabernos conocidos, comprendidos y aceptados por los que tenemos cerca.
Alimentar un sistema de cariño y admiración mutua está en la base de toda pareja funcional. Por eso, una de las más graves señales de alerta es cuando dejamos de sentir que la otra persona es digna de ser amada y respetada.
En cambio, acercarse al otro en lo físico -con caricias, besos, abrazos- y en lo afectivo -con palabras cariñosas, preguntas, comprensión- constituye buena parte del secreto de la verdadera conexión emocional, la pasión y el goce a nivel sexual.
Dejarse influir
Un rasgo crucial en las parejas exitosas es que ambos miembros comparten el poder. Esta idea es bastante nueva, producto de los cambios sociales de las últimas décadas que modificaron la posición de sometimiento en que se encontraba tradicionalmente la mujer. Parece ser que los hombres que reciben con agrado la influencia femenina mantienen una relación más feliz y tienen menos posibilidades de divorciarse que aquellos que se resisten.
Las mujeres tenemos mucho para enseñarles a los hombres, de la misma manera que podemos aprender tanto de ellos. De hecho toda persona que se cruza en nuestro camino es un maestro. Además, si no estamos dispuestos a compartir el poder, a respetar el punto de vista del otro y a considerar que puede ofrecernos un aporte valioso, ¿cómo llegar a verdaderos acuerdos?
Desde luego que vivir en pareja -no menos que todo lo vinculado a la condición humana- implica lidiar con conflictos. De los que tienen y de los que no tienen solución. Porque en cierto sentido, elegir un compañero a largo plazo es también elegir una serie de problemas insolubles con los que tendremos que convivir.
La familia política es un buen ejemplo de lo "insoluble": si no nos gustan su estilo y sus costumbres no podemos cambiarla por otra. Forma parte del "combo": lo mejor, entonces, será trabajar en la aceptación.
En cuanto a resolver los problemas que sí tienen solución, el profesor Gottman propone empezar por algo tan esencial como los buenos modales: el tono de voz, las palabras, el momento y el lugar elegidos para los planteos son detalles de mucha importancia. Si comenzamos atacando, desvalorizando y criticando al otro, difícilmente se disponga a escucharnos, mucho menos a cambiar. Lo esperable es que se atrinchere a la espera de la oportunidad del contraataque.
Estar juntos: su sentido
Existe una dimensión espiritual que subyace al hecho de crear y decidirse a sostener en el tiempo una vida de a dos. ¿Por qué? Porque implica conformar una nueva microcultura: una historia que se construye, símbolos propios, escalas valorativas, rituales, costumbres, mitos, roles, objetivos. Todo esto integrado resulta en algo único: como se ha dicho tantas veces, cada pareja -cada familia- es un mundo. Y en este mundo deben estar incorporados de alguna manera los sueños de todos los que viven en él. Por eso es fundamental la flexibilidad para ir cambiando y adaptándose a medida que sus integrantes crecen y se desarrollan.
Lo mismo que compartir tiempo juntos y dialogar. Estas cuestiones tan básicas encuentran cada vez más interferencias y obstáculos a causa de la invasión tecnológica, que tiene a las personas pendientes de teléfonos celulares y pantallas de todos los tamaños. Pero lo cierto es que sin cultivar estos hábitos se hace muy difícil que dos personas logren acercar sus miradas sobre el sentido de la vida, los valores más importantes y los proyectos en común: requisito esencial si aspiran a perdurar juntos.