El mito de la pasividad femenina
Nuestras creencias acerca de la sexualidad incluyen demasiados mitos. Es decir, ideas simplificadoras y por lo tanto falsas, que entorpecen el desarrollo de una vida sexual sana.
Uno de ellos afirma que el varón es activo y la mujer, pasiva. Los especialistas suponen que esta presunción se encuentra avalada por el mecanismo del acto sexual ("él penetra" y "ella es penetrada"), así como también por las formas convexa (invasora) y cóncava (receptiva) de los respectivos órganos genitales. Muchas sentencias se desprenden de este mito primario: tomar la iniciativa es cosa del varón; el hombre propone, la mujer dispone.
Es cierto que todo parece indicar que estos decires hacen referencia a algo absolutamente anacrónico. Es más, la realidad actual revela justo lo opuesto: las mujeres avanzan muy decididas hacia los hombres, "se los transan", proponen y disponen. Visto así, el rol femenino no parece para nada pasivo. Incluso se podría agregar que los hombres están bastante desconcertados, sin saber bien cómo ubicarse al haber sido desplazados en la actitud de acometer, con la cual tradicionalmente se los identificaba.
Sin embargo, si rascamos un poco el barniz -aunque sean varias capas- de las conductas sexuales de hoy, descubriremos que el mito de la pasividad femenina está más vivo que nunca. Esto ocurre porque encierra creencias fuertemente arraigadas en nuestra cultura sobre lo que consideramos perteneciente a los mundos "femenino" y "masculino". Un ejemplo de esto lo constituye el boom de las "princesas". Para los que no lo saben, las princesas son las protagonistas de famosos cuentos infantiles con quienes tanto las mamás como sus hijitas están claramente obsesionadas. Sus imágenes y su estética han invadido la ropa, los juguetes, los útiles escolares, las fiestas infantiles, etc. Es imposible negar que son relatos maravillosos, llevados al cine en dibujos animados inolvidables. Pero, si agudizamos nuestra mirada sobre este fenómeno, veremos que las princesas son por lo general niñas o jóvenes cándidas e indefensas, incondicionalmente bondadosas. Suelen estar atrapadas, inmovilizadas o dormidas, y a la espera de un heroico príncipe, quien es el único capaz de rescatarlas con un beso, con su espada, con un zapatito que les calza a la perfección. Un capítulo aparte y muy curioso en este contexto, es que al mismo tiempo los niños no están demasiado enterados de lo que hacen los "príncipes".
¿Qué significa entonces para nosotros ser varón o ser mujer? Al parecer, identificamos a las mujeres como solícitas, dependientes, histéricas, ilógicas, caprichosas, volubles e inseguras. Los varones en cambio, son agresivos, independientes, dominantes, competitivos, exitosos y seguros de sí mismos. Esta mirada estereotipada y rígida menoscaba la posibilidad de evolucionar hacia una auténtica masculinidad y femineidad. ¿Por qué? Porque anula el desarrollo del aspecto femenino en los varones y del masculino en las mujeres. Con diferentes niveles de intensidad, esto nos coloca en la trampa de los universos disociados y difíciles de integrar en que viven muchas parejas, dando como resultado relaciones demandantes, neuróticas y por lo mismo, frustrantes.
Lo femenino del alma masculina y lo masculino del alma femenina fueron estudiados por el psicólogo suizo Carl G. Jung, quien los denominó "ánima" y "animus", respectivamente. Esta energía que nos completa, está inscripta en nuestro inconsciente colectivo de una manera arquetípica, fundante, primera. Tomar contacto con ella -volver a hacerlo- es una parte importante del desafío a relacionarnos de forma más verdadera con nosotros mismos y con el sexo opuesto.

