LOS OPEKA: Historia de 10 almas (Primera parte) - Sobre llaves y Brújulas

27 Dic 2016

 

Mayo de 1945. Noche plena. En medio de paisajes boscosos se ofrece el río Sava como un salvoconducto hacia la libertad y el prisionero  se debate entre tirarse y nadar con sus deshilachadas fuerzas o quedarse en el extremo a esperar la muerte. O tal vez no. La pregunta nunca existe porque al hombre lo habita una pulsión irrefrenable por la vida. La misma que lo llevo a esta  encrucijada al borde del agua. La que lo hizo tres veces desatarse, desafiando a sus verdugos. La tercera  es la vencida, se dice el prisionero y rememora la sucesión endiablada que lo puso allí, a esa hora precisa de la noche, en ese bosque de Eslovenia, al borde de ese Rio. El golpe al guardia y él rodando por la barranca de la colina alta  donde los habían conducido para fusilarlos.  Recuerda también las balas bailar desaforadas a su alrededor.  Caí en los sembradíos de trigo y me dieron por muerto al cabo de un tiempo. Y entonces son noches caminando, casi arrastrándose,  flaquísimo,  exangüe. Conoce el camino y traza el itinerario  que lo llevara hacia Italia donde la libertad lo aguarda. Durante el día pues, se esconde y luego sigue y sigue y sigue porque no hay otra.

Volvemos al momento en que el hombre esta de frente al Rio, o a su destino. Y duda. Tirarse o no. O tal vez nunca dudó.  Ahora recuerda a su madre como en un sueño: en el campo de concentración la encuentra providencialmente en las piletas, el único espacio en común que comparten hombres y mujeres,  y ella moja su mano  en el agua y dibuja la cruz en la frente del hijo en el gesto de la bendición:  que la Sagrada Familia te acompañe le dice. Es la última vez que te voy a ver, dice también y llora. Es por eso que al borde del Sava, también se encomienda a San José, María y el Niño.

Para leer la geografía de un alma se necesitan llaves y brújulas. La Sagrada Familia, he aquí   la primera llave y la primera brújula. Ahora se tira y nada y nada o camina y camina en ese bosque esloveno, siempre en la noche. La libertad lo espera  y él se aferra  a esa esperanza porque como el centauro se sabe el último sobreviviente de su estirpe. Murió su padre,  de vuelta del primer campo de concentración donde lo habían dejado.  Supone que su hermana María, de solo 25 años, también porque vio como la llevaban por la fuerza de la barraca maloliente de Teharje hacia una habitación de donde, se sabía, nadie volvía vivo. En cuanto a su hermano Antonio de 28, fue fusilado por intentar el escape. Solo queda él, que camina en la noche unánime o nada en el río y come en las huertas que encuentra o pide comida ante la mirada de horror de los campesinos que se cruzan en su camino.

Un hermoso día de sol, crucé por una pradera, a la vera del camino vi una pequeña ermita de Jesús crucificado totalmente destruida. Frente a ese Cristo roto, prometí que volvería al lugar para reconstruirla.

Sin saberlo, ese momento se convertiría en la segunda llave y la segunda brújula. Y el fugitivo sigue caminado un mes hasta que un día llega a  la casa materna donde su tía no lo reconoce “no me dejaba pasar, tuve que mencionar anécdotas de la niñez, para convencerla que era yo. Y entonces me dio de comer y me escondió en el granero”.

Fueron noches abasteciéndose en la clandestinidad y días de buscar abrigo en el bosque donde, junto a  los  dromobanci*, planean el escape de Eslovenia hacia Italia. El pasaje hacia la libertad tan ansiada. Tan merecida.

Dios quiso que viviera y me dio la oportunidad de reencontrarme con mis compatriotas en el campo de refugiados de Senigalia, en la provincia de Ancon,  Italia.

 

El que relata esto, Luis Opeka,  no tiene idea aún, en su camino hacia el campo de refugiados, que además de libertad encontraría el amor floreciendo en campos minados. Pero esa es otra historia.

Hagamos ahora un alto y volvamos al presente. Es el 6 de septiembre del 2016, y el informe de Telenoche muestra a un hombre atravesando el día diáfano,  las manos enlazadas a la de muchos chicos malgaches, el color de África sobre la piel. El cuasi septuagenario es alto, atlético  y tan enérgico que se diría un veinteañero. Tiene blanca la barba y tan amplia la mirada. Eddie Fitte, el cronista de Canal 13, le hace juego con su propia barba prolijamente cortada y abundante, pero mientras la del primero es muy en el San Pedro Style,  la del segundo es  de puro hipster. Y si el joven periodista,  brazos tatuados, altas Timberland, se desplazó medio continente es porque el Padre Pedro Pablo Opeka, el hombre del paso febril, ha sido nominado por tercera vez a premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria: a 16 kilómetros de la capital en Antananarivo, fundó Akamasoa, un movimiento de esperanza para miles y miles de isleños malgaches. Conoce al argentino que puede salvar el mundo, reza el graph promocionando el informe. Es que al padre Pedro le llueven los apodos: la madre teresa con pantalones, el albañil de Dios, o el santo de Madagascar, por caso. Pero también el apóstol de la basura y el combatiente de la esperanza y no es por nada.

Inevitable pensar en este día luminoso, en aquella otra noche de 1945, en su infinita incertidumbre, en su honda soledad y en los muchos enemigos acechando al fugitivo como animal herido.  Luis, el padre corre o nada por su vida en Eslovenia. 71 años más tarde Pedro, el hijo y el cura, camina con niños en la claridad del día, sobre un basural de Madagascar, al lado del cual ha construido una fortaleza para la esperanza: 17 pueblos habitados por 25.000 personas y compuesto de 3000 casas, 5 jardines de infantes, 4 escuelas, un liceo para mayores, 4 bibliotecas para 13.000 niños escolarizados. En suma se calculan 500.000 almas salvadas de la pobreza extrema desde que el Padre Pedro fundó Akamasoa en 1989. El tiempo ha pasado  y aunque Luis  ha muerto ambos permanecen unidos por el hilo sagrado de la filiación. Y por muchos otros.

Cuando me fui de Argentina, lloré, lloré por dejar toda esa riqueza, y me dije: adiós Argentina Tierra mía, pero aquí encontré otra, dice Pedro: soy sacerdote pero yo no vine aquí a buscar gente para bautizar, yo vine aquí para encontrar hermanos que estaban en la calle y decirles hermanos, esto no es vida, arremanguémonos, ustedes tienen chicos, y vamos, salgamos juntos de aquí. Dice también: Aunque usted vaya con amor sino no va con respeto no sirve, no se puede atropellar cuando uno quiere ayudar.  Nosotros hemos ganado ese respeto y esa confianza. Cuando la gente vio que los respetábamos y los amábamos, aún muertos, nos dieron su confianza y a partir de la confianza todo es posible.  

Veo y reveo el informe del 13 con lupa lingüística. Algo me sorprende: Opeka privilegia la primera persona del plural, el nosotros, a la primera del singular,  el yo.  El uso del pronombre es todo menos casual.

Cuando llegó acá y veo a lo lejos las luces de las ciudades que construimos pienso: ¿Quien hizo eso?  Lo hizo la providencia. Se contesta.

Con la ayuda de 500 personas que me rodean hemos creado una ciudad. La ciudad de los pobres.

Es un español atravesado de exilio de  quien hace 46 años no vive en su país. Claro está que, para que Pedro haga milagros en plural, antes su padre Luis debió cumplir una epopeya en singular. La epopeya  de la supervivencia. Y aquí está el hijo, siempre acompañado de llaves y de brújulas, para completar una suerte de historia circular: Eslovenia- Argentina-/Argentina-Eslovenia-Francia-Madagascar.      

EL AMOR RODANDO POR LOS CAMINOS DEL VENETO

Ese año de  1945, el final de la Segunda Guerra Mundial encuentra a Luis en un campo de refugiados de Italia al que había llegado después de un largo derrotero.

En un universo paralelo, su destino (o su Providencia) viaja en camión desde Eslovenia.

Mi madre, Maria Marolt, junto a su padre y cuatro hermanos fueron llevados hacia el mismo campo de refugiados. Mientras el camión rodaba por el Veneto y sus verdes llanuras, pasaron por Padua y la joven alcanzó a divisar la silueta de la Iglesia de San Antonio, el Patrono de los novios. San Antonio, ya que estoy dejando parte de mi familia atrás envíame un chico bueno para fundar la propia, supongo habrá sido la oración de la casadera.

La que me cuenta esto es Luba Opeka, la hermana de Pedro, a quien he entrevistado telefónicamente un 24 de septiembre, día de la Virgen de la Merced. La conocí en la Parroquia de San Ignacio de Loyola, en Buenos Aires hace varios años. Ella trabajaba en la secretaria con el padre Francisco Baigorria y quedé impresionada con su voz angelical y su bonhomía. Pasó el tiempo y oí de un tal padre Opeka al que llamaban el Santo de Madagascar e inmediatamente asocie ese  apellido infrecuente al de mi amiga.  Es mi hermano me respondió ante mi inevitable pregunta. Desde entonces quede sorprendida e  intrigada con esa historia familiar. Me dije,  la santidad es contagiosa, y si a Pedro le llaman Santo, Luba, también esta ungida de una espiritualidad profusa que la diferencia del resto.  Me pregunté cómo serían esos padres que dieron esos frutos, porque se sabe, los frutos no caen demasiado lejos del árbol. Pero el tiempo pasó y vine a vivir a Tucumán. Perdí de vista a Luba, hasta que en un mes de junio, la reencontré en el Congreso Eucarístico. A esta altura, ya se había conocido la tercera nominación al premio Nobel de la Paz por lo que torpemente en vez de saludar como se saluda a una vieja y querida conocida le disparé: ¡hola Luba! tanto tiempo, ¿cómo está tu hermano? A ella se le llenaron los ojos de orgullo.  Después la presenté a mi familia redoblando mi torpeza, ella es Luba la hermana del Santo de Madagascar. Lejos de molestarse por saltearme su propia vida, la mirada se le encendió de beneplácito, y entonces me dije: esta historia es digna de ser contada porque esta no es la historia de un hombre, esta es la historia de una familia compuesta de 10 almas: la de María y Luis y la de sus ocho frutos. Para comprenderla necesitare de varias llaves y brújulas. Y allí estaba Luba a la que se sumó Bernarda, como dos San Pedros delante de una puerta que se entorna. Entro entonces en puntas de pie y con una brújula.

 PLEGARIAS ATENDIDAS

Al tiempo que María llegaba en camión, el santo de Padua, Antonio, que ya había atendido sus plegarias, le tenía preparado un regalo. Luis Opeka, 28 años, fugitivo anti-comunista, refugiado,  se conoció con María, de 23, en el campo, que no era un campo de rosas precisamente, se enamoraron y se casaron en la Capilla de la Sagrada Familia en Loreto. El novio le obsequió a la novia un racimo de uvas, el bien más preciado por esos lares.                    

La familia Opeka Marolt había nacido.

Mis padres debieron escapar de Eslovenia por defender a la fe católica porque Tito no permitía profesar  credo alguno cuenta Luba. Voy a google por una brújua y encuentro esto: Josip Broz, Tito, conocido por su título militar mariscal Tito, fue un político y militar croata, jefe de Estado de Yugoslavia desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte a los 87 años.

Su régimen ha sido acusado del asesinato de prisioneros de guerra y limpieza étnica, además de democidio y confiscación de bienes contra italianosalemanes y húngaros de Yugoslavia.

 

Para los Opeka la Sagrada Familia tiene un lugar muy importante en nuestras vidas y también bendecir con agua bendita como mi abuela, a quien no llegué a conocer. Nosotros tenemos la costumbre de bendecir, se emociona Luba por teléfono. Y yo con ella.

 

Y un día la suerte dio un vuelco para la novel familia y como todos los refugiados se encontró en un barco con destino improbable.  María, Luis y la bebé Bernarda en una vieja valija a modo de cuna, y por supuesto, Pedro en ciernes, navegando hacia un país de cuatro sílabas y música de promesas: La Argentina.

 

* dromobanci: soldados anticomunista.

El argentino que puede salvar el mundo - TN

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