Fernando Ríos-Kissner. AGITADOR DE SUEÑOS (primera parte)

12 Oct 2016

Infancia pueblerina . El Ying y el Yang

El escena es esta: un niño, en el fragor de la siesta salteña, decide darse un chapuzón en su Pelopincho pero para cuando llega al patio tomando carrera, la pileta  se ha evaporado.  Se la regale a una pobre señora que  la necesitaba más que nosotros, se había quedado sin una pared del rancho.  Uno puede imaginar que para ese niño acalorado de Rosario de la Frontera, la explicación no  bastaba para apaciguar los efectos de la canícula, ni sus ganas de chapotear en el agua fresca.

Como sea, se me ocurre que esta anécdota pueril, que se le cae casi por azar a Fernando Ríos-Kissner (el azar hace bien las cosas), es fundadora de su niñez. Como esas piedras triangulares de los templos de nuestras vidas.

Porque para entender este hoy, hay que remontarse a ese ayer. A esa Madre, Lidia Kissner, ferviente devota, miembro activo de Caritas, y rama de una familia prodiga en vocaciones. Tengo cinco tías monjas y a veces pienso que mi mama  debería haber sido religiosa. También a ese padre, Edi Ríos, en las antípodas, empleado administrativo del Consejo Deliberante durante el día y loco lindo el resto de las horas: mi papa era un gran lector y un melómano que nos introdujo en la música. Amaba el teatro, animaba un grupo de teatro y alquilaba también escenografías.  Era muy proactivo.  Y entre máscaras  y cirios pascuales, los dos se encontraban en un punto de la recta: mi madre también era modista y hacía los trajes de las piezas de teatro que se daban en el pueblo.

Era Edi, imagino, como esos saltimbanquis de sueños grandes para quien el horizonte finito del pueblo no era una jaula sino un patio de juegos. Capaz de construir un universo encima de una molécula. 

Entonces, de esos padres, que oscilaban entre la devoción católica, y la bohemia amable  nacieron sus dos hijos como dos frutos: Fernando y Alejandro.

Para leer a Fernando, agitador de sueños,  factótum invencible, hay que entender la historia de una tensión. Madre y Padre en un combate que sucedía en el territorio de un alma en permanente gestación.

Sentados en  Septiembre, en el Bar de Muña Muña, la Tienda de frutas y verduras y Restó de Cocina Natural nos preparamos para charlar. Mientras en múltiples mundos paralelos  viven su vida secreta el Resto-Bar el Árbol de Galeano y el Centro Cultural -Biblioteca  y Sala de Teatro. En sus tronos el Perchero Social y la Heladera Solidaria también son de la partida.  Si un oso cabe en una nuez al decir de Maria Elena Walsh, porque no está profusión de universos mágicos?

Fernando tiene una remera negra que dice:  Más vale arte que nunca. Lleva el pelo  tupido y en sus brazos asoman tatuajes. Me parece ver al padre, Edi,  acechando detrás de ese aire de rebelde inveterado. 

¿Como fue tu niñez en Rosario de la Frontera?

Una niñez como la de un chico de pueblo en aquellos años: jugando a las bolitas y al futbol en la calle, sin tele, ni teléfono. Como la niñez de cualquier familia de clase media.

Aunque claro con estos grandes portentos de padres, el “como la de un chico de pueblo” incluye en elmenú algunos  condimentos poco habituales en un chico de pueblo: actividades teatrales y solidarias  llegaron a las vidas de los Ríos-Kissner  tan pronto como el aire que respiraban. Bon appétit!!

Con mi hermano pertenecíamos a un grupo de teatro que funcionaba en la Biblioteca Pública.

Y un día cayó un meteorito.

Un hombre menudo y envuelto en su larga bufanda irrumpió por la puerta como un Oscar Wilde de vaudeville. Y fue, en ese pueblo de gentes buenas y simples, donde la televisión y el teléfono  eran ese raro lujo vedado a pocos y donde todos, más o menos vestían igual y se comportaban haciendo juego, que, el meteorito llamado Boyce Diaz Ulloque, llegó en su caballo alado.

El de su prodigiosa imaginación.

De repente fueron tardes pobladas de personajes lorquianos, de Angustias, Bernarda, Martirio, Magdalena, Yerma, Juan, la casada infiel. Pero también de duendes de la noche, reyes asesinos y fantasmales presencias shakespereanas. Fueron tardes donde una biblioteca de pueblo estalló de flores retoricas y se volvió un navío de alas desplegadas al viento.  No había límites más que lo de la imaginación.  Y la imaginación, en esa Arcadia olvidada, no conocía límites. El gran Boyce, el constructor del teatro universitario tucumano, que por las vueltas del destino se encontraba anclado en un lugar perdido del mapa, marcó, sin saberlo, las vidas breves, de estos niños. La de Fernando, y la de su hermano Alejandro por caso.

Para mí fue un hecho fundamental en mi vida. Y cuando miro su presente, lo entiendo.

Contame más de tu familia

La familia de mi madre era de origen alemán. Eran agricultores pampeanos para quien la religión era parte de su identidad. Mi abuelo materno había tenido 24 hijos, 10 de un matrimonio y 14 del otro cuando quedo viudo. 18 eran mujeres de las cuales cinco entraron a la vida religiosa. Para la familia de mi madre, a Dios se le rezaba en alemán, sino era como faltarle el respeto.

La tensión vuelve asomarse en la charla cuando a santo de no sé que, Fernando acompaña alguna frase con “es de  la Providencia” o  “Gracias a Dios”.  Y me parece que es Lidia la que se abre camino entre sus palabras.

¿Vos crees en Dios?

Creo en Dios, si. Tal vez no practico como mi madre. Bautice a Julia. Respeto los dogmas. No me rebelo. Tengo una madre que vive a Dios en sus acciones cotidianas y que con la edad que tiene no tiene pereza en salir a ayudar a nadie a cualquier cosa. Mis tías son iguales. Ese tipo de Fe, es la que vi practicar a mí alrededor, una fe en acción y una religión muy cerca de la gente.

 

¿Que hiciste cuando viniste a Tucumán?

Me inscribí en ingeniería pero resulta que tuve que dejar al cuarto año porque lo internan a mi papa. Había que ayudar en casa.

Entonces me puse a trabajar, daba clases de física estática. Justo en esa época también fue cuando un amigo me llevo al teatro a ver Nuestro Pueblo, la obra de Thornton Wilder, dirigida por Ricardo Salim, esa misma obra la habíamos practicado con Boyce Diaz Ulloque en la Biblioteca del pueblo. Fue una revolución interna para mí. Me acerqué a saludarlo.

Salim y Ríos-Kissner. El arquitecto y director consagrado y el estudiante de arquitectura lleno de avideces.

A partir de ese momento, aparte de las clases, me dediqué con pasión al teatro mientras seguía mis estudios de arquitectura.  En Amadeus, por ejemplo, la descomunal obra del inglés   Peter Levin Shaffer, donde el gran Ricardo hacía de Salieri, mientras el nobel Fernando se estrenaba de venticello. Y la lista se multiplicó: Despertar de primavera, Otelo, La Pasion, Volpone, Bodas de sangre, Cuarteto, El caballero de Olmedo, Ñaque, El jorobado, Frankestein, Derechos torcidos, Hasta el domingo, Sueños de rock

 La vida parecía bastarse entre bastidores, bambalinas y el aplauso del público que con salim estaba garantizado pero  sucedió la catástrofe.

Un amigo mío muy querido murió en un accidente. Se llamaba Rubén y entonces vino la urgencia: la caja de Pandora se abrió y de ella salieron interrogantes existenciales.

“¿Que dejamos cuando morimos?, ¿Podemos modificar el tiempo con nuestras acciones? ¿Por que nos recordaran?”Las tres preguntas que penderían sobre su cabeza en adelante y de manera recurrente.

Y como en esos cuentos clásicos donde el héroe es interpelado por una deidad y de su respuesta depende avanzar o ser devorado, Fernando encontró su respuesta.

 

VIAJAR. La vida está en otro lado

 

Viajar. Viajar como respuesta a esta bulimia de vida que no lo dejaba ni a sol ni a sombra.

Empecé a viajar compulsivamente. Viajar, viajar y viajar. Trabajaba y viajaba.

Fui a Latinoamérica, Egipto, Israel, Europa.

Pero lo que para mí fue un verdadero viaje iniciático fue el descubrimiento de Latinoamérica. Conocer Bolivia me impactó muchísimo, disfrutar de las diferencias culturales. Pero de vuelta de ese primer viaje me arrepentí de no haber leído antes y entonces me involucré en Estudios Precolombinos, trace una línea del tiempo, estudie procesos históricos. Hoy la mitad de mi biblioteca es precolombina.

El viaje a Perú sobre todo me cambió. Es apasionante esa cultura, conocer el Valle Sagrado, el Macchu Picchu.

 Tenía muchas ganas de contar lo que había visto y que es parte de nuestra identidad. 

 Pero para eso había que esperar otra vuelta de tuerca.

En un viaje por Grecia conocí  a Ruth Huerta y supe que iba a estar en mi vida para siempre. Era de México, Monterrey. Al año fui a verla. La familia tenía un restaurant, la fonda de Andrés se llamaba, cuando lo conocí me dije: esto quiero hacer en Tucumán, buscar una identidad a nuestros espacios, contar nuestra historia, ostentar nuestra comida como un orgullo. Pero eran los años menemistas y no era tan fácil.

Nada podía,  sin embargo, detenerlos. Daniela Viña, Luis Pondal y Fernando Ríos-Kissner, sin miedo a nada, se pusieron al frente de Plaza de Almas, un refugio de musas  en plena desolación del paisaje cultural tucumano de los tempranos 2000.

 

Esto, sin embargo,  no fue el corolario de viejos sueños. Esto recién empezaba.....

 

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