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Este es un curioso origen de "La Biblia y el calefón"

02 Jul 2017
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Ilustración cortesía de La Gazeta Federal.


El famoso tango Cambalache, compuesto en 1935 por Enrique Santos Discépolo, describe aún hoy la moral argentina, la ilimitada producción de contradicciones, de injusticias, de estrafalarias coincidencias y de tristes calamidades del mundo social y político que conforman nuestro modo de vida.

Uno de sus versos más pintorescos y misteriosos dice:

"…y herida por un sable sin remache,

ves llorar la Biblia junto a un calefón…"

De donde la expresión ‘la Biblia y el Calefón’ se usó para titular libros, programas de televisión (como el del gran Jorge Ginzburg) y tantas otras especies de lo cultural típicamente argentino.

Sin embargo, muchos no pueden explicar con alguna precisión en qué consiste la imagen de una Biblia junto a un calefón.

Para algunos es simplemente la imagen de una contradicción, de una vidriera de cambalache, donde los objetos comparten un espacio y en éste se distribuyen –o se acomodan- de modo caótico, del mismo modo que se acomodan las cosas y los personajes en nuestra criolla realidad.

Pero esta explicación simple no cubre el significado de la forma ‘herida por un sable sin remache’.

Entonces, he aquí otra explicación, más atinada, donde se entrevé un poco más claro el espíritu hiperbólico del gran poeta de nuestro tango, Discepolín.

Según el autor del blog http://chiwulltun.blogspot.com.ar/ se llamaba "Sable sin remache" a un gancho donde se colgaba el papel higiénico al lado del inodoro.

La historia de la expresión tiene relación con los servicios higiénicos, baños, la higiene personal y la forma de realizarla allá por los inicios del siglo XX.

Un par de datos antes de arremeter la acometida semiótica:

Hasta finales del Siglo XIX en las casas de Buenos Aires se utilizaban bacinillas, también llamadas ‘tazas de noche’ (aquí en el Norte les llamamos pelelas) cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de “¡agua va!”, y antes de ello las letrinas estaban ubicadas en los fondos de las casas, como es uso en el campo.

En Buenos Aires, coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias más acomodadas comenzaron a instalar baños. Luego el uso de baños se generalizó y se empezó a construirlos en todas la viviendas, aún en las más modestas.

El sencillo gabinete higiénico constaba al menos del retrete y el lavabo, y algunos también tenían una ducha. Y consecuentemente, si había una ducha era necesario calentar el agua, así al lado de la ducha se instalaba un calefón.

Por otra parte, el papel higiénico era más bien un objeto suntuario en las casas de Buenos Aires de aquellos años. No estaba al alcance del poder adquisitivo de todas las familias, las cuales se veían en la obligación de usar, para ese infame fin, papeles de otros ámbitos comerciales.

De ahí que se usaba papel de diario, y algunos otros más suaves y sedosos como los envoltorios de las manzanas y peras que aquellos sensibles usuarios buscaban en verdulerías y fruterías.

Por supuesto, el papel de arroz con que se imprimían libros, entre ellos la Biblia, era también usado por su suavidad.

Y aquí entra la Sociedad Bíblica Argentina, que por los primeros años del siglo pasado se abocó a la misión de difundir la Biblia Protestante, como si fuera una nueva Vulgata, que intentaba llegar a la mayor cantidad de lectores, por lo cual regalaba los ejemplares. Aún hoy lo sigue haciendo.

Pues muchos de los habitantes de Buenos Aires deben de haber parecido devotos creyentes, ya que aceptaban de continuo esas biblias obsequiadas y que, siendo mayoría la grey católica, lo mismo pasaban y retiraban la Biblia protestante tantas veces como sabían que la Sociedad las tenía en obsequio en las calles, plazas o en su sede central.

Sin embargo, cuentan fuentes lunfardas, que quienes obtenían esas Biblias, les perforaban una tapa y las colgaban en un gancho de alambre, el “sable sin remache” al lado del calefón, cerca del retrete, e iban arrancando las suaves hojas para usarlas como papel higiénico. En este hecho se habría inspirado Enrique Santos Discépolo para decir con elegancia propia de un grande, y reflejar con ello nuestra condición pagana de sacrificar lo sagrado en función de la necesidad:

"Igual que en la vidriera irrespetuosa

de los cambalaches se ha mezclao la vida,  

y herida por un sable sin remache,

ves llorar la Biblia junto a un calefón.”


Escuchemos una vez más este tango que es un himno a la nuestra moral criolla, esta vez por Roberto Goyeneche y Astor Piazzolla. 

[Nòtese que El Polaco cambia un poco la letra y donde decía "Va Don Chicho y Napoleón" dice "va la Tatcher... eh Napoleón" en referencia a la "Dama de Hierro británica" (who now rusts six feet underground) y que allá por los 80s, cuando se grabó esta versión, era aún una figura resonante, máxime en nuestro país, herido siempre por el conflicto bélico de Las Islas Malvinas.] 


Fuente.

Cambalache, por Astor Piazzolla y Roberto Goyeneche.

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