Welcome to Ciudad de México

23 Ene 2017
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CDMX

Al poco tiempo de llegar al DF tuve la chance de trabajar. Casualmente a eso vine. Entre gestiones propias y un acompañamiento generoso lo logré, según he ido comprendiendo, asombrosamente rápido. Fui requerido para las Noches Palacio, un festín al consumo en masa que se celebra los fines de semana de octubre en los distintos Palacios de Hierro; centros comerciales gigantescos, abarrotados de marcas calidad premium repartidos a lo largo y a lo ancho de la ciudad. 
En los días previos recibí un instructivo intenso sobre persuasión mercantil impartido por uno de los dueños de la agencia a la cual respondo. Mi jefe, un tipo que en definitiva conoce sus objetivos y los persigue con éxito. También fui ilustrado sobre las cualidades del producto que debiera ofrecer, en este caso perfumes.
Mi chamba sería en Satelite, un conglomerado urbano ubicado a 18 km de mi habitación según lo indica el google Maps. Allí se realizará la celebración ya mencionada correspondiente al primer sábado del decimo mes. Asimilo las indicaciones pertinentes para llegar y me encamino con los nervios propios del debut. Pongo el pie en la calle hora y media antes de iniciar mi turno. Esta gran ciudad, densísimamente poblada, me invita a un largo recorrido en transporte público. Largada en Metrobus, un bondi de dos piezas unidas mediante un fuelle que transita por carril exclusivo. Para la segunda etapa acudo al Metro, lo que nosotros conocemos como Subte, haciendo transbordo entre línea café y anaranjada. El resto del trayecto toca camión. Entiéndase como vehículo de rodado y tamaño indefinido, que puede o no estar legalmente habilitado con rutas que pueden o no estar previamente determinadas. Ha de ser el tramo más incierto del viaje y por ende el que requiere mayor concentración
Guareciéndome bajo un techito sobre el Paseo de la Reforma, aguardo el arribo de un camión que marque Satélite entre sus múltiples paradas. El tráfico deja entrever que me someteré a una angustiante batalla contrarreloj para cumplir con el horario. Asoma por la avenida un chaperio de cuatro ruedas con cartelitos fluorescentes sopapeados al parabrisas; alcanzo a leer Plaza Satélite en letra amarilla brillante. Chequeo la veracidad del destino, pago al contado y ocupo un asiento al lado de una parejita de ancianos. El conductor avanza mientras el segundo a cargo, de pie sobre las escalinatas de acceso, ofrece el servicio en cada esquina donde se agrupan personas. “Toreo, Satelite!” va pregonando. Entorpecidos por la cantidad de autos nos adentramos en las periféricas; unas autopistas que conectan el Distrito Federal. Una señora con dos niñas pequeñas trepa al camión solicitando la “avienten al McDonalds”. Cada quien procurando trasladarse de forma eficaz y segura dentro de las posibilidades. Y ahí voy yo, un güerito con las pupilas extasiadas de novedad, trajeado, con la camisa prendida hasta el cogote y con un corte de pelo que requiere una prolijidad a la cual no estoy acostumbrado, completamente ajeno en procedencia a todo el resto de los pasajeros. La tardanza ya es un hecho inevitable.
Acumulando veinte minutos de retraso, apuro el paso atravesando la zona de aparque. Como aun no cuento con los papeles en regla, debo colarme por la entrada de visitantes evitando levantar sospecha. Soy argentino y no me cuesta tanto. Un montón de gente desea, husmea, tantea en los stands, siendo abordados por hombres y mujeres bien vestidos que ofrecen, seducen y atacan esas billeteras a merced de las mejores ofertas. Arrastrando el vértigo de la demora fluyo entre ellos sin entender demasiado, me auxilian para encontrar la sección de perfumería donde un flaco argento me ataja para escoltarme ante la supervisora; una mujer cuarentona con el ceño fruncido. Pido compasión con la mejor cara de novato desorientado, aceptan mis disculpas y me mandan a laburar como refuerzo a un pasillo poco transitado. 
Muñido de dos botellas, Black o White dependiendo el género, me dedico a rociar antebrazos y repartir secantes empapados de fragancia. Para cumplir mi trabajo con excelencia debo jalar clientes hasta el stand, incentivar la compra, venderles el exquisito aroma embotellado que incrementará su felicidad. Una mujer gusta del producto, intento convencerla de su atino, ella intenta convencer a su esposo y el proceso resulta, entonces acompaño a madre e hija hasta el area clink caja, ansioso por concretar mi primera venta. Eva, la supervisora me alienta contenta. Es entonces hora de testearme en la zona caliente; vendedores rociadores cubren cada metro cuadrado del suelo encerado. Los hay de distinto tipo, haciendo gala de técnicas variadas; invasivos, amables, aplicando verborragia, analizando perfiles.
Aturdido entre cartoncitos aromatizados y botellitas, no dejo de mostrar los dientes en una mueca de impostada satisfacción, a los clientes, a mis colegas, pretendiendo disimular mis falencias como vendedor. Una que otra compañera me pregunta datos básicos y, como soy el más nuevo, lanzan consejos. 
El mismo flaco argento que me orientó al llegar se acerca cada tanto a darme charla. Me cuenta sus experiencias vanagloriado, lisonjea de una forma pastosa, ofrece un aventón en moto para la vuelta a la urbe. No tengo ganas de escucharlo y me alejo. Luego capté que sus intenciones no eran nobles y estuve asqueado durante un par de horas.
“¿Cómo vas, guapo?” me pregunta Andrea, una mexicana chaparrita con sonrisa bien pronunciada y una leve cojera al andar. Le digo que bien, que vendí un perfume. Conversamos un rato en torno a nuestra actividad, ella porta un gran entusiasmo y trabaja duro. Me entero que una hora de mi presencia es valuada en un 50% más que media jornada de Andrea. Soy un Gio AAA, la categoría más alta, aunque jamás haya trabajado en algo similar, just because i am güero. Malinchismo neto. En mi reporte me anotan como modelo, por hoy las ventas no importan, ya aprenderé. 
Concluida la faena anhelo la libertad, aunque ignoro por dónde encontrarla entre la marea de consumidores. En la marcha alguien toca mi brazo, es Andrea quien va a oficiar de guía hacia la salida de empleados; la que burlé para ingresar. La parada de bondi para retornar está al otro de lado de la autopista y es necesario utilizar un túnel subterráneo. Andrea no desiste en su tarea por más que yo insista, me acompaña a través del túnel mientras cuenta que vive al norte del Estado de México, “como a una hora de viaje en la dirección contraria a la tuya”, explica. Actualiza mi orientación indicándome las paradas, e incluso ordena al chofer dónde debo bajarme. “Te bajas en Toreo y tomas el metro hasta Tacuba”, dice despidiéndose, aun sonriente.
Toreo resulta ser la estación que culmina e inicia el recorrido de la línea azul. Otra vez muchedumbre, anocheciendo y en un lugar desconocido. Los andenes se encuentran al final de un pasillo laberíntico convertido en feria de artículos pirateados y comida semi chatarra. En los monitores publicitarios muestran fotos y características de desaparecidos. Ya sentado en el vagón, rodeado de ambulantes y jornaleros cansados, mi pulso comienza a calmarse.
En simultaneo, Roger Waters arroja un discurso lapidario en contra del presidente Peña Nieto. El bajista de Pink Floyd brindó esa noche un recital gratuito, público e impresionantemente masivo en el Zócalo. Allí doscientos mil mexicanos alzaron la voz en un único reclamo: #RenunciaYa.

Roger Waters en el Zócalo

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Persona que lee y escribe. Hacedor, curioso, desordenado, abarcador. Periodista.