Conversación interna
Nunca logro captar la impresión que causo en alguien que acabo de conocer.
Mucho menos sé cómo es que llegué a escribir en este blog, luego de la entrevista que tuve, justamente para llegar aquí.
Todos lo sabemos; para estar en un lugar al que uno quiere llegar, siempre hay que pasar por al menos, una situación “comprometida”.
Y yo tuve mi momento.
Resulta que tenía , como contaba, esta entrevista para que mi blog sea parte de La Gaceta.
Igual que en las primeras citas, cuando una persona va a encontrarse por primera vez con otra, elige cómo va a “ser”. Elige qué fragmentos de uno va a presentar y qué fragmentos va a ocultar.
Ensayé entonces frases para la Bárbara que pensaba mostrar.
Inclusive pensé en ponerme los anteojos.
Arranqué muy mal. Porque me los olvidé. Y porque llegué a la cita 20 minutos tarde, aunque esta vez no fue mi culpa.
Además de no poder dar el perfil intelectual y de estar impuntual, sucedió que me estaba sintiendo bastante incómoda con la ropa. Cosa que me viene sucediendo desde que me comí a mi misma y porto estos cuarenta mil kilogramos de más.
Me acerqué a la recepcionista y me anuncié justo cuando ocurrió algo terrible: en la recepción de La Gaceta hay una columna con espejo. Y no pude evitar mirarme.
El reflejo no me devolvió la imagen que yo tenía de mí misma, estupenda, sino la de un caniche toy sobrealmientado. Es que estaba lloviendo. Y resulta que mi pelo y la humedad no son del todo compatibles. Hace unos meses, para sumar a mi malestar corporal, decidí cortármelo sólo para re descubrir que existe algo peor que estar con sobrepeso. Y es: tener el pelo corto. Debiera ser ley. Debiera estar prohibido. Y los peluqueros debieran cobrar sólo por decirnos que no lo hagamos. Así: NO LO HAGAS!
En fin. Fue ahí que decidí que era el momento de sacar mi bolsita de caramelos y ofrecerle unos cuantos a la recepcionista a cambio de una sonrisa y un baño.
Era consciente de que no había mucho para hacer conmigo. Ni con mi pelo ni con el granito que me había salido días atrás y que insití en torturar para dejarme una hermosa marca.
Sin embargo no estaba dispuesta a darme por vencida.
Un poco, sólo un poco más segura después de la sesión bañineril volví a la recepción y ahí nomás me hicieron subir.
Mi conversación interna al ver a Soledad era como un pajarito carpintero picoteandome en la cabeza. Ella estaba impoluta. Impecable. Linda. Flaquísima. Y Prolija. Ah. Y caminaba perfecto con unos tacos altísimos. Habilidad que sólo unas pocas conisguen en vida.
Aún así me mantuve tranquila. Bueno, es una manera de decir. Puesto que al sentarme en el sillón
empecé a notar eso que me pasa cuando estoy nerviosa. Mis glándulas sudoríparas se activaron.
No sé como hice para tranquilizarme. Creo que no lo hice. Lo que pasó es que mi interlocutora estaba siendo realmente muy cálida y amable.
Mientras ella bajaba la mirada para escribir o leer algo, yo aprovechaba para secarme la cara, como si mis manos tuvieran una propiedad ultra absorvente cual toallita femenina. Pero las manos estaban en el horno también.
Entrada la entrevista logré mandarle ciertas coordenadas a mi cerebro de manera tal que le dijera a mi autoestima que podríamos lograrlo. Que a lo sumo nadie sabía que estaba ahí (salvo mi marido) y si la jodía bien jodida, de última, no le contaba a nadie y chau.
Nunca estoy segura cuál es la impresión que causo cuando conozco a alguien por primera vez.
Sea cual fuere esa impresión.
Estoy aquí.
Y estoy feliz. Gracias por dejarme entrar (y bienvenidos a mi mundo).

